miércoles, 2 de septiembre de 2020

SUPERPODER

Estaba viendo una serie sobre superhéroes con poderes inusuales... cuando mi esposa se giró y me preguntó acerca de qué poder desearía tener...

En ese instante pensé en que sería divertido tener el poder de gritar, en una frecuencia que sólo pudiesen escuchar los niños de mi conjunto y decirles que si no se acuestan de una puta vez, más tarde en la noche, a través de sus sueños iría a sus casas para matar a sus padres y que ellos los encuentren destripados en la cama... o quizá, ya que arriba de nosotros vive un niño vecino que grita todo el tiempo (un chillido estridente que me tiene sumamente estresado), me encantaría tener el poder de hacer que, en uno de sus berrinches cuando grite con todas sus fuerzas, sus cuerdas vocales estallen y se ahogue en su propia sangre...

Mi esposa me miró como asustada por mi expresión maquiavélica y me repitió la pregunta. Le sonrío y le digo:

"La paz mundial mi vida... la paz mundial"

sábado, 11 de julio de 2020

PIVO

Nada más frustrante que tener sentada enfrente a la persona con la que se han compartido las cosas más significativas en la existencia... y no tener qué decir... como si ya todas las conversaciones se hayan dado, todos los cafés se hayan tomado y todas las historias se hayan contado.

Y estar ahora los dos ahí, mirándose fijamente como dos desconocidos que no quieren conocerse, esperando la mirada caritativa del mesero para pedir la cuenta y que así termine esa tortura.

Pero la mirada no llega (o no la comprendió el mesero... o se hizo el pendejo). Quizá un par de cervezas más para embotar el incordio, sumado a las frecuentes salidas a fumar cada uno en su turno, para tratar de pensar en algo qué decir o de pronto para hallar una coma olvidada, un signo de interrogación pendiente o uno inventado de admiración, un punto y coma tal vez, lo que sea para intentar dilatar o evitar ser aquel que puso sobre la mesa el necesario punto final.

viernes, 5 de junio de 2020

Breakfast at Tiff…ayunadero La 36

Dicen que no hay mejor forma de iniciar el día, que con un enorme, saludable, fresco y natural jugo de naranja recién exprimida…

Digo que lo dicen porque eso he escuchado, ya que nunca lo he podido probar, como tampoco he probado unas noventa y nueve mil otras cosas, pues desde mis cinco años sólo he podido observar a los demás a través de las vitrinas, que desde la calle, me han permitido fantasear con las vidas que otros viven, mientras calmadamente chupo el tarro de pegante, juguete fiel, abrigo infalible… desayuno infaltable…

Pero no me quejo, de hecho, es una más de las cosas que no he probado: quejarme; ni siquiera cuando descubrí que algo sucedía con mi voz, o mejor dicho, nada sucedía con mi voz… simplemente no existía, de mi garganta no surgía siquiera un gemido o un estertor.

Me sumí en un silencio permanente y me dediqué a escuchar con atención cuanto sucedía a mí alrededor… y a través de las vitrinas.

El pegante impregnado en cada célula de mi cuerpo me ha dado un matiz casi fantasmal, a veces siento como si tuviese sobre mí alguna especie de manto mágico que me hace invisible a los demás. Eso me divierte. Paso por en medio del tumulto y nadie me nota, nadie se inmuta aún si estoy vaciando un bolso señorial o sacando suavemente unos billetes de algún pantalón. Eso me asusta. En mis momentos de aborrecida lucidez mientras me aprovisiono del químico sustento, llego a pensar que no es ninguna cobija mágica ni una mierda, es que estoy muerto y estoy tan trabado, que ni cuenta me he dado…

Es por eso que no me sorprendió cuando la vi aquella noche de invierno. Desde mi cambuche en el parque Bolívar, con la botellita conectada a mi boca y cubriéndome la colcha de retazos como una segunda (más bien única) piel… no sentí miedo, tampoco gracia, mucho menos curiosidad. Sólo la observaba, silencioso, mientras la luz mortecina que se escurría por las farolas, empapaba con su tenue brillo las bancas vacías, alguna vez atestadas de recuerdos fugaces de amores tardíos que en la vida de alguien apenas significaron algo.

En su derredor, papeles arrugados, basura quizá, artefactos electrónicos obsoletos, cintas de seda en colores, pinturas, trozos de madera y poemas… yaciendo nada más, como cadáveres insepultos.

…la luz iluminando los rastros de aquello que alguna vez fue…

Observaba… la observaba, sin pretender reconocerla… ni siquiera cuando retiró la cabeza sin rostro de la pálida cesta de mimbre a su lado, introduciendo su meñique por el orificio que había cerca a la sien, levantándolo con ímpetu impresionante, propio de quien ha deseado algo toda su vida y por fin ejecuta su obra maestra. Se detuvo, parecía olisquear el aire. Giró.

Entonces posó su mirada en mí, atravesándome con la infinita dulzura de un millón de voltios en la silla eléctrica, conectándose con mis sentidos, transmitiéndome eones de existencia antes de la existencia misma, en un frío tan intenso como infinito probablemente es el universo… me miró y en ese instante era yo quien miraba hacia el cambuche, al bulto forrado en retazos y aferrado al pegante que diluía lo poco que quedaba en ese derruido cascarón… bajé la vista a la diestra que sostenía la cabeza, continuando lo que hacía antes de…

…eso, sí, comí su cerebro. Lo seguí haciendo con un ansia ajena por adueñarme de sus recuerdos, sintiendo la frustración del hastío… del sabor de la materia gris, de la insípida materia gris…

El pegante se evapora por completo, puedo percibirlo por el rabillo de la cuenca oscura (¿mi cuenca?).

Entonces despierto frente a la vitrina. Miro fijamente a un hombre de traje saborear el jugo de naranja recién exprimida, el vaso previamente helado en su mano y el rostro perfectamente afeitado.

Me retiro de la vitrina y sigo el vuelo de una mariposa azul que contrasta con el ocre taciturno de esta ciudad enmohecida.

Hoy, como todos los días, continúo siendo ese ser que no se conoce, ese que somos todos, mirándose al espejo sin reconocerse entre tanta manía y tanta locura perdida, entre la desesperación y la risa desesperada, atrapados en la carta que encierra eternamente la dicotomía de un “Joker” que se fuga a cada momento o entre momentos o a partir de momentos… sólo para perder la cabeza otra vez en la pálida cesta de mimbre que carga ella junto a su hoz.

En este instante, este preciso y único instante puedo probar, en todo el esplendor de aquello que nunca tuve, la certeza de saberme un muerto vivo, errante en un mundo plagado de fantasmas que nunca sabrán que hace tiempo sus cuerpos son polvo, que sólo quedan los recuerdos que cada noche, bajo la luz mortecina del farol junto al cambuche, mientras consumo hasta el último gramo de pegante, tiemblan tanto, que pienso que nunca dejarán de temblar, temen tanto, que pienso que nunca dejarán de temer… y aman tanto, que nunca dejarán de amar.

Veintitrés

El recuerdo más vívido que tengo de mi juventud, transcurre en una clase de literatura. Les desarrollaba el taller a varios compañeros que insistían en que los números eran lo que les daría de comer, mientras las palabras siempre se irían con el viento...

De lo que dijo la profesora cuando daba la noticia que involucraba al hermano del profesor de arte, la verdad únicamente unas cuantas letras se cuelan... sólo quedó su expresión de angustiosa sorpresa cuando me vio en el fondo del salón, lapicero en mano y todas las cabezas giradas hacia mí, hacia el sobrino del profesor de arte.

Sonó el timbre de salida y no alcanzaba a oír las disculpas de la profesora, las voces de ánimo de mis compañeros... ni siquiera llegué a sentir la suave mano de la niña más linda del salón, que compadecida, me frotaba la espalda; porque dentro de mi gran cabeza sólo giraba el inventario de la familia, la localización exacta de cuál hermano de mi tío era... aunque ahora que lo reflexiono, quizás siempre lo supe, pero me lo negaba con todas las fuerzas de mi existencia...

...cuando tomé el autobús para ir a la casa de mis abuelos, en la vidriera de un almacén de cadena donde quedaba el paradero, entre las luces mortecinas de la ciudad que despertaban con la noche que empezaba a envolver el día, allá, en el fondo del almacén que terminaban de cerrar, justo antes de que bajaran la malla de acero de la puerta principal... lo vi... con ese jean desgastado que tanto le gustaba, el polo rojo que resaltaba su sonrisa iluminada y sus ojos pícaros juguetones.

Levantaba su mano siempre sudorosa y la agitaba en el típico ademán de doble interpretación...

Mi tío Calica se estaba despidiendo... y su nombre me decía "hola", a la vez que se incrustaba como esa armadura que siempre me tendría a salvo de los dragones que cada noche acechan bajo mi cama...

K-Li-K 1988... 2011

In limine

Apagó la luz antes de salir y cerrar para siempre la puerta amarilla de esa enorme y transparente casa que es la ausencia, mirando por una última vez los cadáveres de las trescientas sesenta y cinco mariposas que cubrían como un manto multicolor, el piso de madera en la pequeña sala de recibo, único lugar que pudo ocupar todo el tiempo que se le permitió estar allí.

Se fue alejando lentamente a la vez que entre su sonrisa, las lágrimas se deslizaban por su rostro cubierto de ese fino polvo que el olvido suele dejar en los sueños rotos. Sus pasos se volvieron una carrera frenética que sólo se detuvo cuando llegó a la carretera principal, donde una llovizna que inició cuando dejó la casa, se había convertido en un torrencial aguacero que le calaba todos y cada uno de sus huesos con ese frío que dolía tanto como el par de palabras que sirvieron de despedida.

En ese instante, por primera vez en su existencia, tuvo la plena conciencia que era éste y no el que le vendieron, el mundo real.

Empezó su larga marcha bajo la lluvia, caminando firmemente sobre el asfalto... observando la larga línea blanca que parecía no tener fin.

martes, 17 de marzo de 2015

POLLO CULECO

Setecientos millones cuatrocientas cincuenta y ocho mil trescientas dieciocho. De haberlas contado, estoy seguro, esas habrían sido aproximadamente las veces, en que mi tío Pollo dijo: "Toche", en su vida.

Es lo que más voy a extrañar.

Lo segundo, definitivamente eran los legendarios "calentaos" que preparaba cada noche, luego de un agotador y macondiano día en el terminal de transportes...

...y por supuesto, las dos primeras cosas, acompañando la misma historia que cada vez que iba de visita a su casa, me contaba hasta rozar la medianoche... pero que en cada ocasión me parecía que escuchaba por vez primera, describen en pocas palabras, su particular forma de expresarme cuánto me quería y le alegraba verme por esos lares.

Creo que lo conocí cuando mi tía Betty me hizo el traje de Superman para el Día de Brujas de mil novecientos ochenta y pico. Para esa ocasión mi mamá nos llevó a mi hermano, mi hermana y a mí, en un viaje que se me hizo eterno por la cantidad de curvas y gente vomitando en bolsas, pero que valió la pena porque pude conocer la casa más fascinante que he visto en mi vida.

Era la casa más larga, más ancha, más alta, más misteriosa y más espectacular de todas... con un patio trasero interminable, que tenía en medio una pileta redonda, similar a los pozos de los deseos en los cuentos de hadas... y gatos... de todos los colores, de todos los tamaños y de todas las formas... como un millón de ellos...

Sin embargo, el recuerdo más vívido que tengo de esa casa en el barrio Carora, fue el momento en que un señor alto (para esa época todos eran altos), medio rubio y con unos ojos que a veces se me hace que eran azules, otras tantas verdosos y unas cuantas grises, me saludó sonriendo, murmuró algo con "toche" y me puso en la muñeca izquierda, un reloj de esos digitales con correa de plástico.

El Pollo me había obsequiado el que desde ese instante en adelante, consideraría yo el regalo más preciado que alguien podría darme: tiempo. Aunque con los años, los daños y el camino, unas veces se me olvidó eso y otras tantas, lo recordé demasiado tarde, pagué las consecuencias con creces y recibí la lección en la misma medida.

Por eso conseguí por ahí, un reloj igualito al que me había dado mi tío Pollo y mientras le cuadraba la hora, recordaba las ocasiones en que al llamar a mi tía Betty, siempre le preguntaba si El Pollo estaba "culeco". Ella apenas se reía.

Ya no está culeco El Pollo... a lo mejor nunca lo estuvo, porque él era de otro mundo, de un universo en el que lo más importante al final del día, es una buena compañía, una charla trivial pero cargada con todo el amor que el tiempo puede contener, pero sobre todo, la maravillosa oportunidad de compartir un "calentao" legendario para que el corazón se mantenga tibio, a pesar del puto invierno que puede llegar a ser a veces la ausencia.

K-Li-K
2013/2015/2020

miércoles, 16 de julio de 2014

El Fútbol... y yo

Viendo un video que puso mi primo Julián, titulado: "Messi es un perro, el último hombre perro", me conmoví hasta las lágrimas, pues descubrí por fin por qué nunca me ha gustado el fútbol... y es que uno no se puede negar ciertas taras, o en este caso, frustraciones, que derivan en aversiones que manifiesta de todas las formas posibles.

Recordé mientras escuchaba la historia, aquellos cuentos de Fontanarrosa que leía de niño, entre el cúmulo de libros de todos los temas que mi papá llevaba a la casa... me entusiasmó tanto, que no quise ser futbolista (aunque en los partidos de la cuadra siempre era el arquero), sino escribir historias como esas, que en unos cuantos párrafos lograra describir toda la pasión, todo el arte, toda la emoción que aquel deporte de barriada transfería a los corazones de quienes lo jugaban o lo observaban.

Sin embargo, a pesar de tener el talento, la motivación, la experiencia, los antecedentes y sobre todo las influencias... faltaba algo... Y siguió faltando desde aquella mañana que bajé las escaleras de la casa, ví a mi mamá llorando en la cocina y no volví a ver las colonias de mi papá en el baño.

Porque la inspiración, aquella que toma el talento, la motivación, la experiencia, los antecedentes y las influencias, para estrujarlas, mezclarlas, moldearlas y afinarlas, decantando una pequeña obra maestra con la esencia de esa amalgama... simplemente se esfumó y no hubo partidos los domingos en el estadio, tardes en el cuadro practicando tiros libres, fuertes discusiones sobre jugadas polémicas o pequeñas decepciones con equipos favoritos...

Tan solo quedó un álbum panini del mundial del 82 con todo el merchandising de naranjito que le cupo en una bolsa del TIA, que un sábado nos trajo a mi hermano y a mí, haciéndonos el día más feliz de nuestras vidas.

Por eso me conmovió Messi, porque me hizo entender, o mejor dicho, recordar, por qué no me gusta (ba) el fútbol... ... y por eso seré yo quien busque ahora a mi viejo, le lleve un álbum panini, me lo lleve al parque a dar patadas a un balón mientras hablamos de cualquier cosa y hagamos un viaje juntos a ver un partido de la Selección.

Es que la inspiración es una de las pocas esencialidades de la vida que nunca llega tarde y que cuando resurge, deriva en las amalgamas más hermosas.

Gracias papá...

Esto fue lo que publicó Julián