sábado, 11 de julio de 2020

PIVO

Nada más frustrante que tener sentada enfrente a la persona con la que se han compartido las cosas más significativas en la existencia... y no tener qué decir... como si ya todas las conversaciones se hayan dado, todos los cafés se hayan tomado y todas las historias se hayan contado.

Y estar ahora los dos ahí, mirándose fijamente como dos desconocidos que no quieren conocerse, esperando la mirada caritativa del mesero para pedir la cuenta y que así termine esa tortura.

Pero la mirada no llega (o no la comprendió el mesero... o se hizo el pendejo). Quizá un par de cervezas más para embotar el incordio, sumado a las frecuentes salidas a fumar cada uno en su turno, para tratar de pensar en algo qué decir o de pronto para hallar una coma olvidada, un signo de interrogación pendiente o uno inventado de admiración, un punto y coma tal vez, lo que sea para intentar dilatar o evitar ser aquel que puso sobre la mesa el necesario punto final.

viernes, 5 de junio de 2020

Breakfast at Tiff…ayunadero La 36

Dicen que no hay mejor forma de iniciar el día, que con un enorme, saludable, fresco y natural jugo de naranja recién exprimida…

Digo que lo dicen porque eso he escuchado, ya que nunca lo he podido probar, como tampoco he probado unas noventa y nueve mil otras cosas, pues desde mis cinco años sólo he podido observar a los demás a través de las vitrinas, que desde la calle, me han permitido fantasear con las vidas que otros viven, mientras calmadamente chupo el tarro de pegante, juguete fiel, abrigo infalible… desayuno infaltable…

Pero no me quejo, de hecho, es una más de las cosas que no he probado: quejarme; ni siquiera cuando descubrí que algo sucedía con mi voz, o mejor dicho, nada sucedía con mi voz… simplemente no existía, de mi garganta no surgía siquiera un gemido o un estertor.

Me sumí en un silencio permanente y me dediqué a escuchar con atención cuanto sucedía a mí alrededor… y a través de las vitrinas.

El pegante impregnado en cada célula de mi cuerpo me ha dado un matiz casi fantasmal, a veces siento como si tuviese sobre mí alguna especie de manto mágico que me hace invisible a los demás. Eso me divierte. Paso por en medio del tumulto y nadie me nota, nadie se inmuta aún si estoy vaciando un bolso señorial o sacando suavemente unos billetes de algún pantalón. Eso me asusta. En mis momentos de aborrecida lucidez mientras me aprovisiono del químico sustento, llego a pensar que no es ninguna cobija mágica ni una mierda, es que estoy muerto y estoy tan trabado, que ni cuenta me he dado…

Es por eso que no me sorprendió cuando la vi aquella noche de invierno. Desde mi cambuche en el parque Bolívar, con la botellita conectada a mi boca y cubriéndome la colcha de retazos como una segunda (más bien única) piel… no sentí miedo, tampoco gracia, mucho menos curiosidad. Sólo la observaba, silencioso, mientras la luz mortecina que se escurría por las farolas, empapaba con su tenue brillo las bancas vacías, alguna vez atestadas de recuerdos fugaces de amores tardíos que en la vida de alguien apenas significaron algo.

En su derredor, papeles arrugados, basura quizá, artefactos electrónicos obsoletos, cintas de seda en colores, pinturas, trozos de madera y poemas… yaciendo nada más, como cadáveres insepultos.

…la luz iluminando los rastros de aquello que alguna vez fue…

Observaba… la observaba, sin pretender reconocerla… ni siquiera cuando retiró la cabeza sin rostro de la pálida cesta de mimbre a su lado, introduciendo su meñique por el orificio que había cerca a la sien, levantándolo con ímpetu impresionante, propio de quien ha deseado algo toda su vida y por fin ejecuta su obra maestra. Se detuvo, parecía olisquear el aire. Giró.

Entonces posó su mirada en mí, atravesándome con la infinita dulzura de un millón de voltios en la silla eléctrica, conectándose con mis sentidos, transmitiéndome eones de existencia antes de la existencia misma, en un frío tan intenso como infinito probablemente es el universo… me miró y en ese instante era yo quien miraba hacia el cambuche, al bulto forrado en retazos y aferrado al pegante que diluía lo poco que quedaba en ese derruido cascarón… bajé la vista a la diestra que sostenía la cabeza, continuando lo que hacía antes de…

…eso, sí, comí su cerebro. Lo seguí haciendo con un ansia ajena por adueñarme de sus recuerdos, sintiendo la frustración del hastío… del sabor de la materia gris, de la insípida materia gris…

El pegante se evapora por completo, puedo percibirlo por el rabillo de la cuenca oscura (¿mi cuenca?).

Entonces despierto frente a la vitrina. Miro fijamente a un hombre de traje saborear el jugo de naranja recién exprimida, el vaso previamente helado en su mano y el rostro perfectamente afeitado.

Me retiro de la vitrina y sigo el vuelo de una mariposa azul que contrasta con el ocre taciturno de esta ciudad enmohecida.

Hoy, como todos los días, continúo siendo ese ser que no se conoce, ese que somos todos, mirándose al espejo sin reconocerse entre tanta manía y tanta locura perdida, entre la desesperación y la risa desesperada, atrapados en la carta que encierra eternamente la dicotomía de un “Joker” que se fuga a cada momento o entre momentos o a partir de momentos… sólo para perder la cabeza otra vez en la pálida cesta de mimbre que carga ella junto a su hoz.

En este instante, este preciso y único instante puedo probar, en todo el esplendor de aquello que nunca tuve, la certeza de saberme un muerto vivo, errante en un mundo plagado de fantasmas que nunca sabrán que hace tiempo sus cuerpos son polvo, que sólo quedan los recuerdos que cada noche, bajo la luz mortecina del farol junto al cambuche, mientras consumo hasta el último gramo de pegante, tiemblan tanto, que pienso que nunca dejarán de temblar, temen tanto, que pienso que nunca dejarán de temer… y aman tanto, que nunca dejarán de amar.

Veintitrés

El recuerdo más vívido que tengo de mi juventud, transcurre en una clase de literatura. Les desarrollaba el taller a varios compañeros que insistían en que los números eran lo que les daría de comer, mientras las palabras siempre se irían con el viento...

De lo que dijo la profesora cuando daba la noticia que involucraba al hermano del profesor de arte, la verdad únicamente unas cuantas letras se cuelan... sólo quedó su expresión de angustiosa sorpresa cuando me vio en el fondo del salón, lapicero en mano y todas las cabezas giradas hacia mí, hacia el sobrino del profesor de arte.

Sonó el timbre de salida y no alcanzaba a oír las disculpas de la profesora, las voces de ánimo de mis compañeros... ni siquiera llegué a sentir la suave mano de la niña más linda del salón, que compadecida, me frotaba la espalda; porque dentro de mi gran cabeza sólo giraba el inventario de la familia, la localización exacta de cuál hermano de mi tío era... aunque ahora que lo reflexiono, quizás siempre lo supe, pero me lo negaba con todas las fuerzas de mi existencia...

...cuando tomé el autobús para ir a la casa de mis abuelos, en la vidriera de un almacén de cadena donde quedaba el paradero, entre las luces mortecinas de la ciudad que despertaban con la noche que empezaba a envolver el día, allá, en el fondo del almacén que terminaban de cerrar, justo antes de que bajaran la malla de acero de la puerta principal... lo vi... con ese jean desgastado que tanto le gustaba, el polo rojo que resaltaba su sonrisa iluminada y sus ojos pícaros juguetones.

Levantaba su mano siempre sudorosa y la agitaba en el típico ademán de doble interpretación...

Mi tío Calica se estaba despidiendo... y su nombre me decía "hola", a la vez que se incrustaba como esa armadura que siempre me tendría a salvo de los dragones que cada noche acechan bajo mi cama...

K-Li-K 1988... 2011

In limine

Apagó la luz antes de salir y cerrar para siempre la puerta amarilla de esa enorme y transparente casa que es la ausencia, mirando por una última vez los cadáveres de las trescientas sesenta y cinco mariposas que cubrían como un manto multicolor, el piso de madera en la pequeña sala de recibo, único lugar que pudo ocupar todo el tiempo que se le permitió estar allí.

Se fue alejando lentamente a la vez que entre su sonrisa, las lágrimas se deslizaban por su rostro cubierto de ese fino polvo que el olvido suele dejar en los sueños rotos. Sus pasos se volvieron una carrera frenética que sólo se detuvo cuando llegó a la carretera principal, donde una llovizna que inició cuando dejó la casa, se había convertido en un torrencial aguacero que le calaba todos y cada uno de sus huesos con ese frío que dolía tanto como el par de palabras que sirvieron de despedida.

En ese instante, por primera vez en su existencia, tuvo la plena conciencia que era éste y no el que le vendieron, el mundo real.

Empezó su larga marcha bajo la lluvia, caminando firmemente sobre el asfalto... observando la larga línea blanca que parecía no tener fin.

martes, 2 de junio de 2020

COSECHA

Verla sonreír es lo que más me hace feliz.

Recuerdo el día que la conocí. Estaba sentada en una banca del pequeño parque de ese pueblo olvidado de Dios al que fui enviado para solucionar un problema de un cliente... parecía totalmente enajenada, con los ojos cerrados y el rostro hacia el sol, tarareando una melodía. Me senté a su lado y reconocí la tonada, sin embargo le pregunté por ella, a lo que me respondió sin abrir los ojos, como si yo fuese un ánima perdida: "mi canción"

Le dije que era "Arranca Corazones", una muy famosa de una banda argentina ochentera, que de por sí me sorprendía que conociera, pues se notaba que no pasaba los dieciséis años.

En ese instante se detuvo, giró su rostro hacia mí y lentamente abrió los ojos verdes más profundos que había visto en mi vida. Como invocando un hechizo antiguo, tranquila pero severamente me contestó:

- Cuando una canción te llena el alma, es tuya para siempre.

Le iba a refutar ese argumento, más por hacer conversación para que pasara pronto el tiempo mientras era la partida del tren de las cinco de la tarde, cuando súbitamente dejó de hacer lo que fuese que estaba haciendo, tomó una mochila de cuero café bastante desgastada y se alejó corriendo, como si fuese tarde a algo y levantando la corta falda de cuadros en la carrera, que dejaba ver más de lo que hubiese sido "correcto".

Me quedé sentado allí, pensando en su respuesta y avergonzado porque también pensaba en lo que la falda había dejado ver. Decidí ir por un café para despejar la mente.

Una vez crucé el umbral del único café que no parecía o era un billar, el mesero, un señor que rondaba el siglo, me recibió con un "menos mal se entró, porque parecía que el sol ya lo tenía como hablando solo". No le entendí esa frase o simplemente no le dí importancia, pues tenía en la cabezota esos ojos verdes que me llenaban de una sensación que ni siquiera podría describir o clasificar en las emociones siempre tajantes y sistemáticas que desde niño me habían embargado, pues siempre miraba todo en uno de dos tonos. Decidí bloquearla para no caer nuevamente en esos episodios que ya varias veces habían terminado en un cuarto con muchas píldoras alrededor...

Faltaba media hora para que el tren me devolviera a mi civilización y una ansiedad sutil por ver los colores de la ciudad, comenzó a hormiguear mis ojos, los que (tenía la sensación en crescendo) veían todo en sepia, como una fotografía vieja. Caminé a paso ligero a la rampa para subirme a ese bendito tren y largarme de una vez por todas de allí.

La ráfaga de vapor de la enorme locomotora que arrastraba cerca de diez vagones, por poco hizo volar mi sombrero, que alcancé a atrapar en el aire. Respiré cuando finalmente me pude sentar y el encargado de perforar mi billete, me anunciaba que en un par de minutos estaríamos saliendo de la estación.

Me quedé mirando por la ventana los trajes de paño que se me hacían tan familiares y tan extraños a la vez, como si en lugar de mirar hacia la calle, estuviese viendo una película de principios del siglo XX. Inesperadamente, entre la multitud volví a ver esos profundos ojos verdes, enmarcados por un peinado recogido en un sombrero cloche, que al obligarla a levantar el rostro para mirar, le hacía lucir un aire de altivez e insolencia que no pudo menos que sobrecogerme, más todavía cuando recorrí la mirada por su cuerpo enfundado en un largo y ceñido vestido totalmente negro.

Era ella, aunque no se parecía en nada a la niña del parque. Pero era ella. Cerré los ojos para concentrarme y recordar los rasgos que me permitirían descartar la posibilidad de que se tratase de la misma persona. El aire de pronto se empezó a sentir denso, como un sopor que ralentizaba todo.

Abrí los ojos al escuchar su voz tarareando la canción del parque.

- En primer lugar, la gente no encuentra muy interesante mi forma de pensar y ser... por otra parte, no encuentro mucha gente interesante por ahí... - sentí al mismo tiempo que tarareaba, su voz deslizándose en mi oído.

- ¿Qué? - alcancé a murmurar.

Unos labios rojos bajo esos ojos verdes que despedían llamas esmeraldadas, me sonreían tarareando mi nombre, que en ese momento recordé, nunca le había dicho, pero que ahora hacía parte de la canción que ya era otra muy distinta a la del parque, pero que tenía la certeza de haberla escuchado toda mi vida.

Entonces todo llegó a mí como una ráfaga de imágenes y sonidos, como un trailer de cine que solía ver en internet. Fui consciente que nunca había llegado en tren porque no había estación de tren, ya que esta había sido clausurada hacía unos sesenta años; había llegado en el autobús de las cinco de la mañana... también caí en cuenta que nunca había usado sombrero y que estaba seguro, traía un morral con el computador portátil que no sabía dónde lo había dejado.

- Cuando una canción te llena el alma, es tuya para siempre.

El color sepia absorbía todo mi ser y mi rostro descompuesto por la sorpresa y el horror, se fue transformando en una apacible sonrisa.

No podía negar que tenía una buena vista del parque desde la fotografía sobre una repisa de su biblioteca, junto a muchas más, con rostros tranquilos sonriendo al lado de la misma bella dama, en la cabina de primera clase de un tren.

Todos los días viene, se para frente a nosotros y sonríe.

Verla sonreír es lo que más me hace feliz.

miércoles, 16 de julio de 2014

El Fútbol... y yo

Viendo un video que puso mi primo Julián, titulado: "Messi es un perro, el último hombre perro", me conmoví hasta las lágrimas, pues descubrí por fin por qué nunca me ha gustado el fútbol... y es que uno no se puede negar ciertas taras, o en este caso, frustraciones, que derivan en aversiones que manifiesta de todas las formas posibles.

Recordé mientras escuchaba la historia, aquellos cuentos de Fontanarrosa que leía de niño, entre el cúmulo de libros de todos los temas que mi papá llevaba a la casa... me entusiasmó tanto, que no quise ser futbolista (aunque en los partidos de la cuadra siempre era el arquero), sino escribir historias como esas, que en unos cuantos párrafos lograra describir toda la pasión, todo el arte, toda la emoción que aquel deporte de barriada transfería a los corazones de quienes lo jugaban o lo observaban.

Sin embargo, a pesar de tener el talento, la motivación, la experiencia, los antecedentes y sobre todo las influencias... faltaba algo... Y siguió faltando desde aquella mañana que bajé las escaleras de la casa, ví a mi mamá llorando en la cocina y no volví a ver las colonias de mi papá en el baño.

Porque la inspiración, aquella que toma el talento, la motivación, la experiencia, los antecedentes y las influencias, para estrujarlas, mezclarlas, moldearlas y afinarlas, decantando una pequeña obra maestra con la esencia de esa amalgama... simplemente se esfumó y no hubo partidos los domingos en el estadio, tardes en el cuadro practicando tiros libres, fuertes discusiones sobre jugadas polémicas o pequeñas decepciones con equipos favoritos...

Tan solo quedó un álbum panini del mundial del 82 con todo el merchandising de naranjito que le cupo en una bolsa del TIA, que un sábado nos trajo a mi hermano y a mí, haciéndonos el día más feliz de nuestras vidas.

Por eso me conmovió Messi, porque me hizo entender, o mejor dicho, recordar, por qué no me gusta (ba) el fútbol... ... y por eso seré yo quien busque ahora a mi viejo, le lleve un álbum panini, me lo lleve al parque a dar patadas a un balón mientras hablamos de cualquier cosa y hagamos un viaje juntos a ver un partido de la Selección.

Es que la inspiración es una de las pocas esencialidades de la vida que nunca llega tarde y que cuando resurge, deriva en las amalgamas más hermosas.

Gracias papá...

Esto fue lo que publicó Julián

martes, 22 de octubre de 2013

Este es el cuento con el que participé en el 1° Concurso Internacional de microrrelatos Prisa Radio... ganó otro man

JETLAG

Habían atravesado la capa de nubes y un sol radiante bañaba todo el interior del avión. Alberto se entregó entonces a su libro, procurando concentrarse junto al creciente ronquido de su compañero de silla.

Años viajando alrededor del mundo, le enseñaron a aprovechar los trayectos para adaptarse a los diversos y bruscos cambios de huso horario. Sin embargo, jamás pudo con pasajeros molestos.

Sentía ser magneto para esos personajes.

Por eso utilizar un maní estratégicamente lanzado a la boca entreabierta que profería los guturales ronquidos, generando una muerte súbita atribuida a esos cambios, fue una técnica depurada con el tiempo.