lunes, 12 de enero de 2026

SAUDADE

Verla sonreír es lo que más me hace feliz.

La conocí en un parque pequeño, en un pueblo al que llegué por un encargo que ya olvidé. Estaba sentada en una banca, con los ojos cerrados y el rostro al sol, tarareando una melodía que reconocí de inmediato. Me senté a su lado y le dije el nombre de la canción. Sin abrir los ojos respondió, con una calma que me desarmó: “Es mi canción”. Cuando le expliqué su origen, giró lentamente el rostro hacia mí y abrió unos ojos verde oscuro, profundos, que parecían contener siglos. “Cuando una canción te llena el alma, es tuya para siempre”, dijo.

No alcancé a responder. Tomó su mochila gastada y salió corriendo, dejando tras de sí una estela de desconcierto. Me quedé pensando en sus palabras y en mí mismo, avergonzado por pensamientos triviales frente a algo que intuía importante. Entré al único café del pueblo, un lugar antiguo, casi detenido en el tiempo. Todo comenzaba a sentirse extraño, como si el mundo perdiera definición.

Mientras caminaba hacia la estación, esperando el tren que me devolvería a la ciudad, noté que mis ojos parecían ver todo en sepia. Anhelé los colores urbanos, las luces, la prisa. Entonces comprendí algo que me golpeó con fuerza, como cuando mi madre me decía que las rutas de la vida son de muchos colores, tantos como decisiones tomamos, pero solemos caminarla en tonos apagados, creyendo que solo existe una dirección posible.

El tren partió envuelto en vapor. Creí verla entre la bruma, aunque no se parecía a la muchacha del parque. Cerré los ojos, pero su voz volvió, tarareando, susurrando ideas que parecían describirme con una precisión inquietante. Sentí su aliento junto a mi oído, su presencia envolvente. Pronunció mi nombre, un nombre que jamás le había dicho, y comprendí que estaba entrando en un territorio donde la lógica no tenía dominio.

La palabra saudade tomó forma dentro de mí: una nostalgia espesa, mezcla de tristeza y gozo, de recuerdos que no sabía cuándo había vivido. Entonces todo se fracturó. No había tren. La estación llevaba décadas cerrada. La realidad se reorganizaba sin pedirme permiso.

Escuché su voz como una canción de cuna, ya no infantil, repitiendo una verdad que me atravesó con sus versos clamando algo sobre que marcar el alma con palabras amorosas es como rasgar el universo buscando respuestas. Me dejé llevar por ese letargo, por ese llamado.

Desperté horas después en un parque abandonado. Pasó una semana antes de regresar al mundo.

Hoy, un año después, vivo escribiendo palabras para otros. Cada tarde, cuando el sol se oculta, ella vuelve, se sienta a mi lado y sonríe.

Verla sonreír es lo que más me hace feliz.

miércoles, 17 de agosto de 2022

LASSIE

El aire en esa mañana de agosto tenía un sabor diferente.

Hacía un tiempo ya que comenzó a decantar los sentidos de forma casi que holística, aunque más bien era sinestésica, es decir, notaba los sonidos en los colores de las flores que en su paseo matutino se detenía a oler, a veces podía percibir el aroma en la textura de la cama hecha con una camisa usada, que su humana le había dejado para que no la extrañara tanto y pues no era el aroma de su humana, era otro, el de la textura de la tela que bajo sus patas le hacía sentirla de forma diferente... el color de los sonidos, el aroma de las texturas, el sonido de los sabores, la textura de las imágenes y por supuesto, el sabor del ambiente con todo lo demás mezclado. Llegó a pensar que a lo mejor se había vuelto loca, pero luego recordó lo mucho que lo disfrutaba, así que como muchas otras cosas, simplemente no le importó y procuró disfrutarlo al máximo.

Ya el miedo se había ido con el transcurrir de los días desde que su humana la llevó para sus vacaciones, igual que el dolor, todo el dolor, el del cuerpo, el que la punzaba al respirar, el que la aletargaba al abrir los ojos. El ruido que le taladraba el cerebro y le aterraba incontrolablemente también se fue desvaneciendo en cada atardecer y pudo concentrarse en pensar en su humana y enviarle toda su energía... parecía absurdo, pero alejarse era justo lo que necesitaba para poderle ayudar mejor, para cumplir su misión.

El señor de barba blanca con el que soñaba de vez en cuando, le había dejado clara su misión, así como el momento en que la esperaba de regreso, tal como le vio hacer con otros perritos y gatitos, aunque también pudo notar toda clase de animales, porque los humanos son bien extraños y aún así, había un animalito perfecto para acompañarle a cada quien. El señor de barba blanca decía que al amor eso no le hacía diferencia y que lo esencial era que la misión se cumpliera.

Ella sabía que a su humana le faltaba mucho aún para su propia misión y eso le entristecía de cierta manera; no podía evitar creer que había fallado en su misión, porque el señor de barba blanca ya la estaba esperando, pero esa mañana de agosto, el sabor que le invadió todo su ser y le hizo sentir tan tranquila, le indicó que sí, que su misión se había cumplido y que podía regresar a casa.

Sintió un cansancio inusual, no era el cansancio que le quedaba luego del terrible dolor que le daban esas luces extrañas en el cielo con ese ensordecedor trueno que la paralizaba. Era un cansancio como cuando llegaba de su paseo por el parque con su humana, del que ambas llegaban riendo y su ama cocinaba feliz mientras ella iba a su rincón favorito bajo la ducha, porque el calor era siempre insoportable. Todo en su derredor se sentía diferente, olía diferente, se veía diferente, se escuchaba diferente... sabía diferente... como a galleta de vainilla.

Se dio un par de vueltas para conciliar el sueño.

Sí, el aire en esa mañana de agosto tenía un sabor diferente.

Sonriendo cerró los ojos.

Ya estaba en casa.

K-LI-K

martes, 14 de septiembre de 2021

TOC

 


Una nueva mañana en la oficina y la pequeña colección de soldados de plomo, ubicada estratégicamente bajo el monitor del computador para que no llame la atención, está reluciente y organizada perfectamente en alineación cromática. Sonrío y tomo el primero de los treinta y siete sorbos de café, en mi taza personalizada de Star Trek.

Por el rabillo del ojo, observo la infaltable visita de Carlos, el empleado del mes por duodécima vez consecutiva y totalmente convencido de su vocación paralela e innata de psiquiatra, en lo que él ha denominado “terapia de choque”, para ayudarme con su diagnóstico empírico de mi “Trastorno Obsesivo Compulsivo”, pues siempre ha dicho que su instinto, sumado a los muchos libros sobre auto ayuda que ha devorado en sus matinales sesiones en el baño, deberían ser suficientes para que en la universidad le den el diploma de terapeuta, ¡su gran pasión en el tiempo libre!

Apenas sonrío en el final del trigésimo segundo sorbo de café, justo en el instante que Carlos se sienta encima de mi escritorio, desordenando y corriendo mis documentos, para “accidentalmente”, como las últimas doscientas treinta y dos mañanas, desparramar la colección de soldados de plomo, atento a mi reacción.

Le miro apaciblemente con el sorbo final de café, pensando en mi otra colección, aquella de escalpelos quirúrgicos que, en un pulcro estuche de cuero, reposa en milimétrica y precisa disposición, en el fondo de mi portafolios.

Esta noche le haré una visita a Carlos en su apartamento. Muero de ganas por ver su expresión cuando le confirme que su diagnóstico aficionado, está algo errado.

Una cosa es el TOC y otra muy distinta, el que los psicópatas seamos en extremo meticulosos con el orden.

K-LI-K

martes, 9 de marzo de 2021

SFU

Un día simplemente dejó de hablarlo y decidió tragarse todo, engullirlo como cuando de niño le obligaban a comer cebolla y sin masticar ni saborear, procuraba solo salir de esa agonía cotidiana... sabía que no era buena idea pero ya no le importaba, ya muchas cosas habían dejado de importarle. Algunas veces, cuando el dolor era insoportable, escribía un par de líneas para diluir un tanto el veneno.

Nadie quiere ser salvado... él tampoco

miércoles, 2 de septiembre de 2020

SUPERPODER

Estaba viendo una serie sobre superhéroes con poderes inusuales... cuando mi esposa se giró y me preguntó acerca de qué poder desearía tener...

En ese instante pensé en que sería divertido tener el poder de gritar, en una frecuencia que sólo pudiesen escuchar los niños de mi conjunto y decirles que si no se acuestan de una puta vez, más tarde en la noche, a través de sus sueños iría a sus casas para matar a sus padres y que ellos los encuentren destripados en la cama... o quizá, ya que arriba de nosotros vive un niño vecino que grita todo el tiempo (un chillido estridente que me tiene sumamente estresado), me encantaría tener el poder de hacer que, en uno de sus berrinches cuando grite con todas sus fuerzas, sus cuerdas vocales estallen y se ahogue en su propia sangre...

Mi esposa me miró como asustada por mi expresión maquiavélica y me repitió la pregunta. Le sonrío y le digo:

"La paz mundial mi vida... la paz mundial"

sábado, 11 de julio de 2020

PIVO

Nada más frustrante que tener sentada enfrente a la persona con la que se han compartido las cosas más significativas en la existencia... y no tener qué decir... como si ya todas las conversaciones se hayan dado, todos los cafés se hayan tomado y todas las historias se hayan contado.

Y estar ahora los dos ahí, mirándose fijamente como dos desconocidos que no quieren conocerse, esperando la mirada caritativa del mesero para pedir la cuenta y que así termine esa tortura.

Pero la mirada no llega (o no la comprendió el mesero... o se hizo el pendejo). Quizá un par de cervezas más para embotar el incordio, sumado a las frecuentes salidas a fumar cada uno en su turno, para tratar de pensar en algo qué decir o de pronto para hallar una coma olvidada, un signo de interrogación pendiente o uno inventado de admiración, un punto y coma tal vez, lo que sea para intentar dilatar o evitar ser aquel que puso sobre la mesa el necesario punto final.

viernes, 5 de junio de 2020

Breakfast at Tiff…ayunadero La 36

Dicen que no hay mejor forma de iniciar el día, que con un enorme, saludable, fresco y natural jugo de naranja recién exprimida…

Digo que lo dicen porque eso he escuchado, ya que nunca lo he podido probar, como tampoco he probado unas noventa y nueve mil otras cosas, pues desde mis cinco años sólo he podido observar a los demás a través de las vitrinas, que desde la calle, me han permitido fantasear con las vidas que otros viven, mientras calmadamente chupo el tarro de pegante, juguete fiel, abrigo infalible… desayuno infaltable…

Pero no me quejo, de hecho, es una más de las cosas que no he probado: quejarme; ni siquiera cuando descubrí que algo sucedía con mi voz, o mejor dicho, nada sucedía con mi voz… simplemente no existía, de mi garganta no surgía siquiera un gemido o un estertor.

Me sumí en un silencio permanente y me dediqué a escuchar con atención cuanto sucedía a mí alrededor… y a través de las vitrinas.

El pegante impregnado en cada célula de mi cuerpo me ha dado un matiz casi fantasmal, a veces siento como si tuviese sobre mí alguna especie de manto mágico que me hace invisible a los demás. Eso me divierte. Paso por en medio del tumulto y nadie me nota, nadie se inmuta aún si estoy vaciando un bolso señorial o sacando suavemente unos billetes de algún pantalón. Eso me asusta. En mis momentos de aborrecida lucidez mientras me aprovisiono del químico sustento, llego a pensar que no es ninguna cobija mágica ni una mierda, es que estoy muerto y estoy tan trabado, que ni cuenta me he dado…

Es por eso que no me sorprendió cuando la vi aquella noche de invierno. Desde mi cambuche en el parque Bolívar, con la botellita conectada a mi boca y cubriéndome la colcha de retazos como una segunda (más bien única) piel… no sentí miedo, tampoco gracia, mucho menos curiosidad. Sólo la observaba, silencioso, mientras la luz mortecina que se escurría por las farolas, empapaba con su tenue brillo las bancas vacías, alguna vez atestadas de recuerdos fugaces de amores tardíos que en la vida de alguien apenas significaron algo.

En su derredor, papeles arrugados, basura quizá, artefactos electrónicos obsoletos, cintas de seda en colores, pinturas, trozos de madera y poemas… yaciendo nada más, como cadáveres insepultos.

…la luz iluminando los rastros de aquello que alguna vez fue…

Observaba… la observaba, sin pretender reconocerla… ni siquiera cuando retiró la cabeza sin rostro de la pálida cesta de mimbre a su lado, introduciendo su meñique por el orificio que había cerca a la sien, levantándolo con ímpetu impresionante, propio de quien ha deseado algo toda su vida y por fin ejecuta su obra maestra. Se detuvo, parecía olisquear el aire. Giró.

Entonces posó su mirada en mí, atravesándome con la infinita dulzura de un millón de voltios en la silla eléctrica, conectándose con mis sentidos, transmitiéndome eones de existencia antes de la existencia misma, en un frío tan intenso como infinito probablemente es el universo… me miró y en ese instante era yo quien miraba hacia el cambuche, al bulto forrado en retazos y aferrado al pegante que diluía lo poco que quedaba en ese derruido cascarón… bajé la vista a la diestra que sostenía la cabeza, continuando lo que hacía antes de…

…eso, sí, comí su cerebro. Lo seguí haciendo con un ansia ajena por adueñarme de sus recuerdos, sintiendo la frustración del hastío… del sabor de la materia gris, de la insípida materia gris…

El pegante se evapora por completo, puedo percibirlo por el rabillo de la cuenca oscura (¿mi cuenca?).

Entonces despierto frente a la vitrina. Miro fijamente a un hombre de traje saborear el jugo de naranja recién exprimida, el vaso previamente helado en su mano y el rostro perfectamente afeitado.

Me retiro de la vitrina y sigo el vuelo de una mariposa azul que contrasta con el ocre taciturno de esta ciudad enmohecida.

Hoy, como todos los días, continúo siendo ese ser que no se conoce, ese que somos todos, mirándose al espejo sin reconocerse entre tanta manía y tanta locura perdida, entre la desesperación y la risa desesperada, atrapados en la carta que encierra eternamente la dicotomía de un “Joker” que se fuga a cada momento o entre momentos o a partir de momentos… sólo para perder la cabeza otra vez en la pálida cesta de mimbre que carga ella junto a su hoz.

En este instante, este preciso y único instante puedo probar, en todo el esplendor de aquello que nunca tuve, la certeza de saberme un muerto vivo, errante en un mundo plagado de fantasmas que nunca sabrán que hace tiempo sus cuerpos son polvo, que sólo quedan los recuerdos que cada noche, bajo la luz mortecina del farol junto al cambuche, mientras consumo hasta el último gramo de pegante, tiemblan tanto, que pienso que nunca dejarán de temblar, temen tanto, que pienso que nunca dejarán de temer… y aman tanto, que nunca dejarán de amar.

Veintitrés

El recuerdo más vívido que tengo de mi juventud, transcurre en una clase de literatura. Les desarrollaba el taller a varios compañeros que insistían en que los números eran lo que les daría de comer, mientras las palabras siempre se irían con el viento...

De lo que dijo la profesora cuando daba la noticia que involucraba al hermano del profesor de arte, la verdad únicamente unas cuantas letras se cuelan... sólo quedó su expresión de angustiosa sorpresa cuando me vio en el fondo del salón, lapicero en mano y todas las cabezas giradas hacia mí, hacia el sobrino del profesor de arte.

Sonó el timbre de salida y no alcanzaba a oír las disculpas de la profesora, las voces de ánimo de mis compañeros... ni siquiera llegué a sentir la suave mano de la niña más linda del salón, que compadecida, me frotaba la espalda; porque dentro de mi gran cabeza sólo giraba el inventario de la familia, la localización exacta de cuál hermano de mi tío era... aunque ahora que lo reflexiono, quizás siempre lo supe, pero me lo negaba con todas las fuerzas de mi existencia...

...cuando tomé el autobús para ir a la casa de mis abuelos, en la vidriera de un almacén de cadena donde quedaba el paradero, entre las luces mortecinas de la ciudad que despertaban con la noche que empezaba a envolver el día, allá, en el fondo del almacén que terminaban de cerrar, justo antes de que bajaran la malla de acero de la puerta principal... lo vi... con ese jean desgastado que tanto le gustaba, el polo rojo que resaltaba su sonrisa iluminada y sus ojos pícaros juguetones.

Levantaba su mano siempre sudorosa y la agitaba en el típico ademán de doble interpretación...

Mi tío Calica se estaba despidiendo... y su nombre me decía "hola", a la vez que se incrustaba como esa armadura que siempre me tendría a salvo de los dragones que cada noche acechan bajo mi cama...

K-Li-K 1988... 2011

In limine

Apagó la luz antes de salir y cerrar para siempre la puerta amarilla de esa enorme y transparente casa que es la ausencia, mirando por una última vez los cadáveres de las trescientas sesenta y cinco mariposas que cubrían como un manto multicolor, el piso de madera en la pequeña sala de recibo, único lugar que pudo ocupar todo el tiempo que se le permitió estar allí.

Se fue alejando lentamente a la vez que entre su sonrisa, las lágrimas se deslizaban por su rostro cubierto de ese fino polvo que el olvido suele dejar en los sueños rotos. Sus pasos se volvieron una carrera frenética que sólo se detuvo cuando llegó a la carretera principal, donde una llovizna que inició cuando dejó la casa, se había convertido en un torrencial aguacero que le calaba todos y cada uno de sus huesos con ese frío que dolía tanto como el par de palabras que sirvieron de despedida.

En ese instante, por primera vez en su existencia, tuvo la plena conciencia que era éste y no el que le vendieron, el mundo real.

Empezó su larga marcha bajo la lluvia, caminando firmemente sobre el asfalto... observando la larga línea blanca que parecía no tener fin.

martes, 17 de marzo de 2015

POLLO CULECO

Setecientos millones cuatrocientas cincuenta y ocho mil trescientas dieciocho. De haberlas contado, estoy seguro, esas habrían sido aproximadamente las veces, en que mi tío Pollo dijo: "Toche", en su vida.

Es lo que más voy a extrañar.

Lo segundo, definitivamente eran los legendarios "calentaos" que preparaba cada noche, luego de un agotador y macondiano día en el terminal de transportes...

...y por supuesto, las dos primeras cosas, acompañando la misma historia que cada vez que iba de visita a su casa, me contaba hasta rozar la medianoche... pero que en cada ocasión me parecía que escuchaba por vez primera, describen en pocas palabras, su particular forma de expresarme cuánto me quería y le alegraba verme por esos lares.

Creo que lo conocí cuando mi tía Betty me hizo el traje de Superman para el Día de Brujas de mil novecientos ochenta y pico. Para esa ocasión mi mamá nos llevó a mi hermano, mi hermana y a mí, en un viaje que se me hizo eterno por la cantidad de curvas y gente vomitando en bolsas, pero que valió la pena porque pude conocer la casa más fascinante que he visto en mi vida.

Era la casa más larga, más ancha, más alta, más misteriosa y más espectacular de todas... con un patio trasero interminable, que tenía en medio una pileta redonda, similar a los pozos de los deseos en los cuentos de hadas... y gatos... de todos los colores, de todos los tamaños y de todas las formas... como un millón de ellos...

Sin embargo, el recuerdo más vívido que tengo de esa casa en el barrio Carora, fue el momento en que un señor alto (para esa época todos eran altos), medio rubio y con unos ojos que a veces se me hace que eran azules, otras tantas verdosos y unas cuantas grises, me saludó sonriendo, murmuró algo con "toche" y me puso en la muñeca izquierda, un reloj de esos digitales con correa de plástico.

El Pollo me había obsequiado el que desde ese instante en adelante, consideraría yo el regalo más preciado que alguien podría darme: tiempo. Aunque con los años, los daños y el camino, unas veces se me olvidó eso y otras tantas, lo recordé demasiado tarde, pagué las consecuencias con creces y recibí la lección en la misma medida.

Por eso conseguí por ahí, un reloj igualito al que me había dado mi tío Pollo y mientras le cuadraba la hora, recordaba las ocasiones en que al llamar a mi tía Betty, siempre le preguntaba si El Pollo estaba "culeco". Ella apenas se reía.

Ya no está culeco El Pollo... a lo mejor nunca lo estuvo, porque él era de otro mundo, de un universo en el que lo más importante al final del día, es una buena compañía, una charla trivial pero cargada con todo el amor que el tiempo puede contener, pero sobre todo, la maravillosa oportunidad de compartir un "calentao" legendario para que el corazón se mantenga tibio, a pesar del puto invierno que puede llegar a ser a veces la ausencia.

K-Li-K
2013/2015/2020

miércoles, 16 de julio de 2014

El Fútbol... y yo

Viendo un video que puso mi primo Julián, titulado: "Messi es un perro, el último hombre perro", me conmoví hasta las lágrimas, pues descubrí por fin por qué nunca me ha gustado el fútbol... y es que uno no se puede negar ciertas taras, o en este caso, frustraciones, que derivan en aversiones que manifiesta de todas las formas posibles.

Recordé mientras escuchaba la historia, aquellos cuentos de Fontanarrosa que leía de niño, entre el cúmulo de libros de todos los temas que mi papá llevaba a la casa... me entusiasmó tanto, que no quise ser futbolista (aunque en los partidos de la cuadra siempre era el arquero), sino escribir historias como esas, que en unos cuantos párrafos lograra describir toda la pasión, todo el arte, toda la emoción que aquel deporte de barriada transfería a los corazones de quienes lo jugaban o lo observaban.

Sin embargo, a pesar de tener el talento, la motivación, la experiencia, los antecedentes y sobre todo las influencias... faltaba algo... Y siguió faltando desde aquella mañana que bajé las escaleras de la casa, ví a mi mamá llorando en la cocina y no volví a ver las colonias de mi papá en el baño.

Porque la inspiración, aquella que toma el talento, la motivación, la experiencia, los antecedentes y las influencias, para estrujarlas, mezclarlas, moldearlas y afinarlas, decantando una pequeña obra maestra con la esencia de esa amalgama... simplemente se esfumó y no hubo partidos los domingos en el estadio, tardes en el cuadro practicando tiros libres, fuertes discusiones sobre jugadas polémicas o pequeñas decepciones con equipos favoritos...

Tan solo quedó un álbum panini del mundial del 82 con todo el merchandising de naranjito que le cupo en una bolsa del TIA, que un sábado nos trajo a mi hermano y a mí, haciéndonos el día más feliz de nuestras vidas.

Por eso me conmovió Messi, porque me hizo entender, o mejor dicho, recordar, por qué no me gusta (ba) el fútbol... ... y por eso seré yo quien busque ahora a mi viejo, le lleve un álbum panini, me lo lleve al parque a dar patadas a un balón mientras hablamos de cualquier cosa y hagamos un viaje juntos a ver un partido de la Selección.

Es que la inspiración es una de las pocas esencialidades de la vida que nunca llega tarde y que cuando resurge, deriva en las amalgamas más hermosas.

Gracias papá...

Esto fue lo que publicó Julián

martes, 22 de octubre de 2013

Este es el cuento con el que participé en el 1° Concurso Internacional de microrrelatos Prisa Radio... ganó otro man

JETLAG

Habían atravesado la capa de nubes y un sol radiante bañaba todo el interior del avión. Alberto se entregó entonces a su libro, procurando concentrarse junto al creciente ronquido de su compañero de silla.

Años viajando alrededor del mundo, le enseñaron a aprovechar los trayectos para adaptarse a los diversos y bruscos cambios de huso horario. Sin embargo, jamás pudo con pasajeros molestos.

Sentía ser magneto para esos personajes.

Por eso utilizar un maní estratégicamente lanzado a la boca entreabierta que profería los guturales ronquidos, generando una muerte súbita atribuida a esos cambios, fue una técnica depurada con el tiempo.

sábado, 10 de agosto de 2013

KARMA

Observar por un instante la forma monstruosamente fálica de lo que acabas de "parir" luego de media hora de agónico estreñimiento ocasional... hace que te cuestiones seriamente sobre lo que le pides a tu esposa en la cama...

Casi nunca meditas acerca de las consecuencias de tus actos, ni siquiera cuando las estás sufriendo y pagando incluso con sangre. Solo te preguntas si te podrás salir con la tuya, ileso a punta de promesas que jamás (te) cumplirás.

Por esa razón es que casi siempre, un par de horas después de la reflexión inicial, estás susurrando al oído de tu esposa, aquella escatológica fantasía.

Quizás todo lo anterior explique por qué te encuentras a las dos de la mañana, en medio del parque más grande de la ciudad, cavando una tumba con un cuchillo de cocina. Tu propia tumba.

La adolescente de la falda escocesa y el hacha ensangrentada en sus manos con uñas pintadas de arco iris, apenas te mira sonriendo, recordándote que hacía solo ocho días ya te habías salvado de ella cuando alcanzaste a huir luego de haber asesinado a su novia, mientras ella escondía el cuerpo de una víctima.

Únicamente atinas a pensar, en esos escasos veinte segundos que le quedan al cerebro después de ser cercenada la cabeza, que la gente nunca aprende la lección.

En especial los psicópatas como tú.

jueves, 1 de agosto de 2013

Amarillo

Siempre sentí que su nombre era de flor, aunque escruté incansable e infructuosamente todos los libros de botánica y catálogos de floricultura que pude consultar... sin hallar respuesta a mi disyuntiva nominal.

"Es por las dalias mijo...", recuerdo que mi tía me decía, "...por eso le suena a flor", mientras seguía regando el pequeño jardín del patio trasero en la gran casa matriarcal.

Entonces recurrí al siempre fiel álbum de laminitas (unas que salían en chocolatinas), del que calqué en papel mantequilla y coloreé con crayón, la fotografía descrita como "...una hierba con raíces como fibras de donde brotan tallos con hojas ralas como de albahaca, aserradas, casi siempre en grupos de tres, en cuyos extremos denotan flores grandes contenidas en cálices escariosos, de centro rojo con manchas amarillas..."

De eso ya han pasado cuarenta y un años desde que me encontré con esa sonrisa de guasón, tan roja como una copa de dubonet y tan jugosa como una sandía... que siempre recuerdo así, a pesar que jamás llegué a probar o morder sus labios... también esos ojos altivos y a la vez tan tranquilos, tras unos lentes estilo Woody Allen... y ese cuerpo tan fresco, elástico, enfundado en un vestido estampado en margaritas... que quizás fue la razón de que asociara su nombre con una flor...

En un principio pensaba que me había enamorado, pero luego supe que simplemente la quise desde el primer instante, pero con un amor diferente, que nunca tuvo algo que ver con el romanticismo que la literatura, el cine, la pintura, la escultura, en fin, la sociedad en todas sus manifestaciones, nos vendía por doquier.

Era un amor cómplice... de esos que siempre están ahí, a pesar del tiempo y la distancia, que no se ilusiona ni espera finales felices, solo está disponible para consolar y refrescar en un abrazo, una palabra, una caricia, una sonrisa o la nalgada de un chiste flojo...

Por mi vida pasaron muchas mujeres, no lo niego ni me vanaglorio de eso, pero lo saco a colación porque gracias a ellas pude valorar el último amor de mujer que atracó en mi puerto, que me acompañó hasta el último de sus días y me amó hasta con el último de sus suspiros... siempre quise irme primero, pero por ese deseo, tuve que aprender a sobrellevar su partida y a comprender para mí, aquellos versos de Neruda que le dedicaba para prepararla, convencido que viajaría antes que ella. Pero rememorar esa etapa de mi existencia, hace parte de otra historia, otro cuento que contaré en otras alas de mariposa que recojo del camino.

Ahora estoy aquí, regando mi pequeño jardín de dalias, completamente solo, pero acompañado a cada instante por tantos recuerdos, que las personas que pasan por la calle, comentan entre sí acerca de las voces alegres y las largas tertulias, a través de toda la casa, como si esta fuese tan grande, tan transparente y tan llena, como aquel olvidado soneto que habla de la ausencia como una dulce compañía.

Y de entre esos recuerdos vivos, los atardeceres los comparto con su nombre de flor, bebiendo un par de tragos de vodka y recorriendo una y otra vez el mundo, en sus incontables viajes que me narró en cientos de cartas que duermen en el fondo de un baúl de arce y que no necesito leer, porque hace años que se quedaron grabadas entre sonrisa y sonrisa, mientras el suave rocío de la naciente noche, me trae de nuevo las palabras de mi tía en la gran casa matriarcal...

..."es por las dalias mijo, por eso le suena a flor"

Mientras cambia el semáforo...

Más que el viejo dicho de "...nadie es profeta en su tierra", siempre he creído que lo esencial para que la vida fluya donde quiera que uno esté, son las personas que le rodeen, que le acojan y le brinden cariño; eso y no el azar, han sido la clave para que sin importar si es una habitación al fondo de un pasillo interminable y oscuro, o quizás un lujoso palacio en la zona más exclusiva, o simplemente un apartamento modesto con comodidades básicas... pueda llamarse "hogar"...

martes, 30 de abril de 2013

Sol, solecito, caliéntame un poquito...

Allí estarán siempre las fotos, los cuentos, las canciones... los recuerdos adheridos a las paredes, transformándose en las esquinas, las baldosas, los cuadros, el costurero... la piscina, cada centímetro de esa casa que recorrimos todos desde que tuvimos razón, desde que estrenamos el corazón.

Una carcajada entre lágrimas de dolor, enmarcadas en una canción del abuelo o un chiste flojo del tío... un luto particular que llena de vida, una alegría por encima de los errores, que nos impulsa a ser mejores aunque a veces nos fallen las fuerzas y la voluntad, pero que nunca, jamás, nos abandona, pues de alguna forma se las arregla para seguir perenne...

...la distancia, el tiempo... las decisiones... que nos llevan por disímiles caminos, que duelen profundamente, nos aplastan, nos liquidan... pero que al final nos encuentran...

...nos sientan en una mesa, nos ponen boleros, nos sirven un ron, nos dan un abrazo y la oportunidad de decir sin palabras, cuánto nos amamos, cuánto nos perdonamos, cuánto nos extrañamos...

...una casa más grande que la de neruda y su ausencia... porque allí no cabe la tristeza ni la desesperanza... porque la jarra de limonada de panela está rebosante... porque no es que se escondan los temores, sino porque se sabe que la vida, por más que nos muestre su cara más triste, no nos podrá hacer llorar, porque desde que tenemos razón, desde que estrenamos el corazón, aprendimos que sufrir, es parte del vivir, es la ley natural que nos impone el nacer...

En esa casa siempre seremos niños, siempre estaremos sentados en las escaleras cantando villancicos, siempre jugaremos en el pequeño océano del patio, siempre sonreiremos, tomados de la mano, hilando historias, tejiendo sueños... cantando esa gran verdad que nos cuenta que el amor es el crisol donde se purifica el corazón.

domingo, 14 de abril de 2013

Palabras más, palabras menos... tercero de tres


La Historia

Siempre hay alguien, siempre. Una vida entera nos pasa por encima cuando buscamos y buscamos, aún cuando muchos dicen que sólo encontramos cuando dejamos de buscar.

El parque oscuro y frío, la noche húmeda que sólo invita a morirse de tristeza, no pueden ser para nada un fondo de rosas para un amor predestinado, como esos que se fabrican en las películas gringas y que nos venden en latas de hora y media de “esperanza”. Sin embargo, ahí se encuentran sus miradas, sus almas solitarias, sus vidas rotas, sus ganas de fumar.

No hay palabras, no hacen falta.

El alba los sorprende aún abrazados, devorándose como si esa fuese su última vez, saboreándose como si se estuviesen diluyendo en su sudor, amándose con ese odio profundo que sólo se siente por uno mismo… cogiendo como animales, copulando a muerte, esa muerte que irremediablemente los castiga con vida.

Palabras más, palabras menos... segundo de tres


El Papel

“Este hideputa colorete sí me salió malo”. Piensa mientras trata de acomodar la roída punta del labial para pintarse una seductora e invitadora sonrisa. Hace tiempo que debe dibujarse el rostro, pues los años, aunque no eran muchos, le trajeron tantas líneas perdidas, que poco a poco, esa niña que fue aventada a la selva de cemento, se convirtió en esa mujer anónima, invisible, tan escondida entre miradas esquivas, aromas infinitos, labios itinerantes y voces lejanas, que cuando intentó una mañana encontrarse nuevamente, sólo una imagen borrosa, como un sueño, logró ver reflejada en el espejo.

El vestido negro se amolda a su cuerpo perfecto. Sus largas y contorneadas piernas enfundadas en las botas de cuero a la rodilla, completan el ajuar. Un corto pero grueso abrigo intenta prepararla para la cortante brisa que la espera en el pórtico del derruido edificio donde habita. Su cabello azabache liso y hasta la cintura, enmarcan el bello cuadro que resultó esta noche. La lágrima que lucha por salir desde que tiene uso de razón, es contenida una vez más entre sus ojos, entre lo que le queda de alma. Descubre para su pesar que no le duele ser puta... le duele es estar tan sola.

El sonido de sus tacones metálicos acompasa su voluptuoso andar. Su mente en blanco intenta encontrar una canción para hilar mientras espera. Le dan unas ganas inmensas de fumar. De pronto en el parque encuentre al anciano de los cigarrillos, que una mirada a las tetas le suelta un paquete de Lucky Strike.  Apresura un poco el paso.

El parque está solo o aún es muy temprano. Pero ahí está el viejo. Una mirada al sur, otra al norte... no hay carros, se puede cruzar. Mirada al frente. Él está allí.

sábado, 13 de abril de 2013

Palabras más, palabras menos... primero de tres


La Pluma

La página en blanco frente a sus ojos ya empezaba a tomar unas proporciones demasiado abrumadoras, la decimoséptima taza de café negro cerrero estaba sabiendo a mierda y la nube de nicotina en el ambiente lo tenía al borde de un colapso lacrimal.

Su mente bloqueada desde hacía más de tres semanas lo había hecho presa de un ataque constante de ansiedad, nervios y sobre todo, de un pésimo humor, reflejado en sus respuestas sarcásticas a todo aquel que osase preguntarle siquiera cómo había amanecido.

Sin embargo, contrario a todos los pronósticos, una leve sonrisa se asoma a su rostro demacrado por el insomnio y cubierto de una espesa barba.  Recordaba aquello que una vez le escuchó a un primo suyo, cuando hablaban de lo que era mejor para la inspiración de un escritor. Él decía que el hambre era la musa más eficaz para sacar material de verdadera buena calidad, y ahí estaba, la página en blanco sobre su mesa era el fruto de casi un mes a base de pan viejo y sopa fría enlatada.

Con la raìda chaqueta en su brazo sale a caminar un rato, a lo mejor algo le llega.

Afuera hace un frío tétrico, las luces mortecinas del precario alumbrado público de la zona apenas permite caminar sin estrellarse contra un poste o caer en una alcantarilla sin tapa. Pasea con la mirada muerta que lo ha caracterizado casi desde que nació, pues podría decirse que cuando la partera le nalgueó para sacarle el primer sollozo, él simplemente abrió los ojos y los volvió a cerrar, pero dejó plenamente convencida a la vieja mujer, de que estaba vivo, respiraba, pero su alma tal vez nunca había llegado con ese cuerpo.

Sus pasos se detienen en el parque, junto a una banca de cemento que lleva impresa en su espaldar, un agradecimiento del pueblo al alcalde de turno por tan magna y beneficiosa obra en pro de la comunidad. Nuevamente la sonrisa, pero impregnada de tanta tristeza y amargura, que se desvanece en la oscura maraña que rodea sus labios, tan rápido como apareció.

Un cigarrillo ilumina fugazmente su rostro. Ella está enfrente.

domingo, 27 de enero de 2013

Parque

Aspiré profundamente el frío aire de la noche, mientras activaba la función de cronómetro en mi reloj de pulsera... un poco de estiramiento previo, un ajuste a los cordones de las zapatillas y listo, una nueva rutina de ejercicio: cuarenta minutos de trote suave más otros veinte de intenso.

La doctora Briceño me había recetado esta terapia para controlar la ansiedad, pues dijo que no había nada mejor que el ejercicio cardiovascular para mantener el cuerpo y la mente a salvo. Le creí y puse todo mi empeño y energía en comprobarlo.

Estaba por tanto en el parque central, haciendo veinte circuitos, concentrado con mi música en los oídos, cerrando mi mente a lo que estuviese a mi alrededor... recordando la frase que leí en esos días: "...los audífonos son los párpados de los oídos..."

Sin embargo, hay ansiedades... apetitos, que ni la desintoxicación más radical puede desvanecer... o ciertos demonios que ni el calabozo más profundo puede retener...

El tiempo casi se detuvo por unos segundos mientras ella aparecía en mi campo de visión, se aproximaba y pasaba a mi lado hasta desaparecer por el rabillo de mi ojo izquierdo, dejando un aroma a vainilla que erizó todos y cada uno de mis nervios...

Lenta y devastadoramente, la bestia fue despertando, rasgando, destrozando todo el acolchado que desde hace treinta y dos meses la doctora Briceño fue construyendo en el diván.

Le subí entonces al máximo, para romperme los tímpanos y las piernas, tanto a Slither de Velvet Revolver, como a la velocidad de mi ejercicio... corrí hasta que me ardieron los músculos y mi cabeza estuvo a punto de estallar... la ansiedad también...

Fue en ese momento cuando lo ví... alto, joven, atlético; en una rutina similar a la mía; lo ví cruzarse con ella también, casi que sin percibirse mutuamente, concentrados en su rutina y sus reproductores de música.

No pude más... desaté al monstruo y me dejé llevar por la fantasía.

La doctora Briceño se desvaneció como quizás esperaba ella que sucediera con el monstruo...

Las siguientes dos semanas fueron sencillamente eufóricas, casi orgásmicas, mientras planeaba, preparaba, entrenaba... ideaba escenarios, rutas de escape, herramientas, insumos, lugar de trabajo... muchas cosas y poco tiempo para hacerlo... ¡maldita psicoterapia!... aunque pensándolo bien, había sido gracias a eso que los encontré... imaginaba cómo presentarlos, cómo ser ese cupido que sutilmente los lleve por un sendero de miel hacia mi telaraña... me mordía los labios hasta hacerlos sangrar de la excitación ante esas imágenes... hasta que llegó el día D.

Ya me había hecho amigo de cada uno por separado, compartiendo un refresco, unos minutos de calentamiento, una que otra charla frívola... tomando la confianza suficiente para converger en un desayuno amistoso de jueves santo que ofrecía a mis nuevos amigos, con la inocencia pícara de una celestina que ya ha confirmado el gusto mutuo entre esos jóvenes...

Así que ese día, en uno de los cajones de la cocina, mientras los había dejado solos bebiendo un estimulante jugo de naranja recién exprimido, preparé los pañuelos con cloroformo... cerré los ojos para imaginar una vez más la bodega en las afueras de la ciudad, la mesa pulcramente forrada en plástico, los rollos de vinypel, los cuchillos afilados y las pinzas, que esperaban mi arribo con las dos presas frescas... me sentí aspirando la sangre caliente y burbujeante... extasiado.

Tanto, que no noté la mano que suavemente tapaba mi rostro con un grueso paño de algodón .. solo alcancé a identificar el fuerte olor característico del químico...

Es todo lo que he podido repasar en estas dos horas que han pasado desde que desperté totalmente inmovilizado, en esta fría loza de mármol, con una luz de quirófano abarcando con su blanca e intensa luz todo mi cuerpo desnudo y cubierto en vinypel... al fondo, una y otra vez Axel Rose interpreta "Since I don´t have You"... maldije nuevamente a mi psiquiatra por haber debilitado mis instintos y reflejos con su puta rehabilitación...

Resignado, sintiendo el bisturí perforar mi piel, logro divisar el brillo de placer y apetito saciándose en unos ojos verdes... por un breve instante reconozco su mirada analítica y la recuerdo observándome mientras relataba mis fantasías en el diván.

Alcanzo a girar un poco la cabeza y puedo ver claramente a los tres en sus trajes de plástico; tras ellos, un conjunto de elementos similar al que tenía preparado en la bodega.

Pretendiendo cazar como pantera... olvidé que hay otros como yo... con la misma necesidad, solo que ellos, como las hienas, cazan en manada...

K-Li-K
2013