lunes, 12 de enero de 2026

SAUDADE

Verla sonreír es lo que más me hace feliz.

La conocí en un parque pequeño, en un pueblo al que llegué por un encargo que ya olvidé. Estaba sentada en una banca, con los ojos cerrados y el rostro al sol, tarareando una melodía que reconocí de inmediato. Me senté a su lado y le dije el nombre de la canción. Sin abrir los ojos respondió, con una calma que me desarmó: “Es mi canción”. Cuando le expliqué su origen, giró lentamente el rostro hacia mí y abrió unos ojos verde oscuro, profundos, que parecían contener siglos. “Cuando una canción te llena el alma, es tuya para siempre”, dijo.

No alcancé a responder. Tomó su mochila gastada y salió corriendo, dejando tras de sí una estela de desconcierto. Me quedé pensando en sus palabras y en mí mismo, avergonzado por pensamientos triviales frente a algo que intuía importante. Entré al único café del pueblo, un lugar antiguo, casi detenido en el tiempo. Todo comenzaba a sentirse extraño, como si el mundo perdiera definición.

Mientras caminaba hacia la estación, esperando el tren que me devolvería a la ciudad, noté que mis ojos parecían ver todo en sepia. Anhelé los colores urbanos, las luces, la prisa. Entonces comprendí algo que me golpeó con fuerza, como cuando mi madre me decía que las rutas de la vida son de muchos colores, tantos como decisiones tomamos, pero solemos caminarla en tonos apagados, creyendo que solo existe una dirección posible.

El tren partió envuelto en vapor. Creí verla entre la bruma, aunque no se parecía a la muchacha del parque. Cerré los ojos, pero su voz volvió, tarareando, susurrando ideas que parecían describirme con una precisión inquietante. Sentí su aliento junto a mi oído, su presencia envolvente. Pronunció mi nombre, un nombre que jamás le había dicho, y comprendí que estaba entrando en un territorio donde la lógica no tenía dominio.

La palabra saudade tomó forma dentro de mí: una nostalgia espesa, mezcla de tristeza y gozo, de recuerdos que no sabía cuándo había vivido. Entonces todo se fracturó. No había tren. La estación llevaba décadas cerrada. La realidad se reorganizaba sin pedirme permiso.

Escuché su voz como una canción de cuna, ya no infantil, repitiendo una verdad que me atravesó con sus versos clamando algo sobre que marcar el alma con palabras amorosas es como rasgar el universo buscando respuestas. Me dejé llevar por ese letargo, por ese llamado.

Desperté horas después en un parque abandonado. Pasó una semana antes de regresar al mundo.

Hoy, un año después, vivo escribiendo palabras para otros. Cada tarde, cuando el sol se oculta, ella vuelve, se sienta a mi lado y sonríe.

Verla sonreír es lo que más me hace feliz.