sábado, 20 de noviembre de 2010

Entre comillas

Son más de cinco años desde la última vez que escribí un cuento que no terminó en el fondo de la papelera. Las libretas de hojas amarillas que había comprado como suministro para una "inagotable" fuente de inspiración, siguen agonizando en alguna caja junto a los dieciocho carros de colección, los treinta y dos libros de literatura universal y las doscientas sesenta y cuatro fotos que nunca tuvieron un álbum donde descansar...

El último vestigio de esa frugalidad creativa es un cuento inconcluso que cargo en una libreta donde apunto las cuentas en rojo que me acompañan desde hace una década, cuando (aún no tengo claro el por qué) inicié una vida de deudor empedernido arrastrando un pasivo lleno de buenas intenciones y prórrogas refinanciadas.

Ese cuento, como el resto de mis asuntos, está con los puntos suspensivos que caracterizan parte de mi estilo literario, ese que pretende que el lector de mis cuentos se atreva a plantear una continuación de la narración, que ose especular un clímax o se aventure a apostarle a un final que no sea el que sospecha que irremediablemente llegará.

Hoy es un día de esos en que quisiera tener los huevos de quemar esa libreta, de arrojar para siempre las cajas donde se resume toda mi existencia terrenal, toda mi posesión material, al fondo de un río cualquiera que simplemente me garantice que disolverá entre sus aguas, toda la frustración, los éxitos, la tristeza, las alegrías, los recuerdos y los abandonos... sin embargo, como siempre, desde hace una década exactamente, cuando tengo el fósforo listo y amarradas las cajas, me tiembla la mano, se me nubla la mirada y sólo atino a decirme: "mañana bien temprano, justo antes del amanecer, para que tenga sentido, lo haré sin vacilar..."

lunes, 15 de noviembre de 2010

SIUL

"A veces la salida...
...es solo una entrada"

El líquido blanquecino inundó suave y lentamente su vena. Cerró los ojos y se dejó llevar por la sensación de mil caballos pintos en desbandada por su cerebro y un río de lava devorando su sangre . . .
Sí, se estaba matando. ¿Por qué?, tal vez una pena, un dolor tan profundo que fue esparciéndose por todo su ser hasta quebrarlo como a una pequeña rama seca . . . quizás un secreto, uno tan terrible que ni siquiera pudo aceptar o llegar a comprender. De pronto era puro y simple aburrimiento . . . la más frecuente causa de las acciones, buenas o malas, creativas o destructivas, inteligentes o estúpidas, sencillas o complejas . . . comprensibles o no, que cada día de nuestras vidas llegamos a realizar.
De todas maneras, ya no importaba.
Ya nada importaba. Ya no existían razones, justificaciones, juicios o decisiones . . . sólo el líquido blanquecino anegando sus sesos estallando en su cráneo, la vida escapándose en un suspiro eterno por cada poro de su piel.
Tampoco hay nadie en casa, hace mucho tiempo se fueron todos, uno a uno, despidiéndose en promesas de amor eterno, con un beso en la frente y un desayuno frío pudriéndose en la mesa.
La habitación empieza a sumirse en una oscuridad tan intensa, como esas ganas de vivir que pudo tener algún día que ya no recuerda. ¿O sí?
Sin embargo, es muy tarde para pensar en eso, o demasiado temprano para preocuparse .
Se estaba muriendo . . . ¿No era eso lo que quería?
Descubrió también que no existía el tal tubo de luz, ni la sensación de paz, ni las voces, ni una mierda . . . nada. En el fondo, bien en el fondo se alcanzaba a escuchar un suave jazz. A lo mejor se estaba yendo al cielo.
Y así, divagando en pendejadas, su corazón dejó silenciosamente de latir, sus pulmones se hincharon una última vez de aire, sus ojos, esos enormes ojos que atraparon una vez la mirada fugaz de aquella chica en la piscina, se fueron extinguiendo, como un bombillo que se funde en cámara lenta . . .
. . . en el postrer segundo, un destello como de arrepentimiento, como de angustia, como un “¡ay la cagué!” . . .
. . . que alcanzó a notar el paramédico cuando infructuosamente trató de resucitarle, luego de encontrarlo tirado en la biblioteca, rodeado de sus libros, sus discos, retazos de su vida que lo observaban triste e impotentemente echando babaza, humillado en una muerte absurda y grotesca por una razón que no sólo se llevo a la tumba, sino que tal vez jamás llegó a tener.

K-LI-K /MARZO 2001

miércoles, 20 de octubre de 2010

Octavius

PURGATORIO

Estaba sentado en medio de la oscuridad densa de su cuarto. Sólo iluminaba leve y fugazmente su rostro, el pequeño brasero de su cigarrillo, cada vez que aspiraba.

El silencio, que inundaba sus oídos, se iba haciendo más pesado a medida que se esfumaban los minutos, y con ellos, las horas.

Meditaba . . .

La pistola, aún caliente, reposaba en su regazo. Unas gotas de sangre salpicada, ya se habían coagulado sobre su rostro impávido.

En la cama revuelta, frente a él, varias docenas de cartas en hojas amarillas y unas fotos . . . prácticamente flotando en un charco rojo. La cabeza destrozada por el disparo, descansando suavemente en la almohada empapada.

En la radio de la mesita de noche, Frank Sinatra entonaba “Extraños en la noche” . . . sin embargo, él no podía escucharla . . . sólo sentía el silencio y la oscuridad.

Trató de llorar. Sus ojos secos todavía se perdían en el abismo escarlata bajo los rostros felices en las fotos, y las palabras de amor diluyéndose en las páginas húmedas.

La pregunta que lo atormentaba, comenzó a dibujarse en cada centímetro de ese cuarto, como un grito sordo . . .

¿Valió la pena?

Nunca lo sabría, sólo estaría sentado allí, en medio de la oscuridad y el silencio, observando su propio cuerpo inerte sobre la cama, sintiendo la pistola aún caliente en su regazo . . .

. . . testigo único de su suicidio . . .

. . . fumando ese maldito cigarrillo que no dejaría de arder el resto de la eternidad.


K-LI-K / 2001

miércoles, 3 de marzo de 2010

Septimus

PRIMER AMOR

Sólo faltaban unas cuantas cuadras para llegar a su destino matutino, cuando una dulce voz (la más dulce del mundo), le hizo voltear la cabeza, casi desnucándose por la impresión.

- ¡Hola! – sus palabras derretíanse en sus oídos – ¿tarde como siempre?

- Nnnnno . . . ¡para nada! – medio contestó – es que yo camino así.

- Entonces te acompaño . . . yo también camino así.

Fueron las dos cuadras más largas de su vida. Con el cabello perfumado y ondulado de la niña más linda del colegio (la más linda del mundo), frente a él, y su figura que parecía que en cualquier momento iba a empezar a volar, como aquella Remedios La Bella que estaban leyendo en clase de literatura macondiana . . . lo tenían sencillamente hipnotizado. Una sensación como de mariposas en el estómago lo envolvía y le daba como miedo mirarla a los ojos . . .

- ¿Piensa entrar o qué? – lo trajo a la realidad el grito del tosco portero del colegio - ¿tras de tarde . . . rogado el señorito?

De mala gana entró al amplio pasillo que lo llevaría a su salón . . . a veinte puestos de ella . . . pero más cerca que ninguno, porque caminó a su lado en la mañana. Una amplia sonrisa adornó su rostro al entrar al aula, sin importarle la mirada asesina de su profesora de inglés.

El resto del día sólo pensó en ella. Ni se dio cuenta del paso de las horas, ni de las clases, ni de los tres recreos, ni siquiera de los golpes de los abusadores de siempre que le arrebataban el dinero de las onces, nada . . . sólo existían sus maravillosos ojos azules, su ondulado cabello y su andar casi angelical (el más angelical del mundo).

A la salida la vió de nuevo. Estaba al otro lado de la calle. ¡Dios mío! . . . lo miraba fija y sensualmente . . . con su mano lo llamaba. Como un zombi acudió a su encuentro . . . sintiose flotar como ella . . . sí, estaban hechos el uno para el otro.

¡Qué divino es el primer amor! . . . la sintió suya, sólo suya . . . caminaba hacia ella. Abrió los ansiosos brazos pletóricos de amor . . .

. . . bueno, eso les pareció a los de la morgue, cuando tomaban las fotos para el registro . . . del niño que con una inmensa sonrisa, extendía los brazos bajo la rueda doble del bus del colegio.

K-LI-K / NOVIEMBRE DE 1999

viernes, 29 de enero de 2010

Para cuando llegue ese momento...

DECISIONES

El agua caliente que corre por el lavamanos, ha empañado el espejo frente a mí. . . ha vuelto borrosa mi imagen. Paso mi mano para limpiarlo y me observo.

Me encuentro en un motel de las afueras de la ciudad. Me siento extraña . . .

Estoy recordando a mi profesora de secundaria que nos dictaba biología. Comenzaba mi último grado y esperaba oír su plan de estudios de ese año.

- Este curso tratará un tema que últimamente ha causado polémica...

Al escuchar eso presentía algo malo.

- . . . hablaremos de sexo.

Silencio absoluto. En un colegio femenino hay ciertos tabúes.

Sin embargo, lo que más recuerdo fue lo que dijo al vernos tomar esa actitud.

- No teman. Algún día lo tendrán que enfrentar.

Y aquí estoy, en el baño de un motel a las afueras de la ciudad, con un novio impaciente tras la puerta y esta sensación como de mariposas en el estómago y hormigas en las piernas.

Es que todavía bullen en mi cabeza todas esas cosas que vimos ese último año de secundaria.

SEXUALIDAD . . . era una palabra tan grande en la portada del libro que nos llevó la profesora. Y todos esos millones de letras que nos contaban todas y cada una de las partes que componen nuestro sistema reproductor, que nos informaban de todos esos corrientazos que del cerebro llevan la orden y estimulación de dichos órganos . . . millones de letras que explicaban, analizaban, conceptualizaban, etiquetaban y clasificaban lo que se suponía debíamos sentir.

¿Me debía sentir así como me siento? . . . la verdad no recuerdo haberlo leído.

- ¿Vas a tardar mucho nena?

¡Me apura! . . . ¡odio que haga eso!

- Nena . . . te necesito . . . ¡deseo amarte!

¿”Amarme”? . . . ¿”hacer el amor”? . . . ¿”amor”? . . . Todas las dudas me asaltan ahora, ¿qué es eso? La televisión, el cine, las revistas, hasta las campañas políticas lo dicen: SEXO!!!!!!!!!!! Nada más.

Sólo lo remiten todo a los genitales, como si unos segundos de placer reemplazaran horas de paz y tranquilidad . . . juntos. Los libros también decían eso, ya lo recuerdo, hablaban de toda esa fantasía, de los hombres y mujeres hermosas, de enormes falos e insaciables vaginas acoplándose en inimaginables situaciones . . . ¡todos marcados con una enorme X! ¡Únicamente para mayores de edad! Si es así, deberían sacarles los ojos a los niños que ven el “Show de Xuxa” y sus minúsculos uniformes con senos a punto de saltar de sus escotadas chaquetitas . . .

- ¡Apúrate! . . . quiero hacerte feliz ¿sabes?

¿”Feliz”? . . . ¿”amarme”? . . . ¿”hacer el amor”? . . . ¿”amor”? . . . ¿qué carajos es eso? . . . tengo tanto miedo . . .

En el colegio me dijeron, según los libros, qué es el amor, qué es aquella vaina que logra que esos corrientazos vayan con la carga adecuada al sitio adecuado y provoque la reacción adecuada . . . creo.

Me hablaron de la sensualidad que hace de la sexualidad lo que es: algo bello, como el misterio de procrear vida . . . Me hablaron de la ternura que acompaña al verdadero instante erótico, estimulante . . . acogedor.

Una vez, la profesora nos leyó un pequeño poema erótico. Era suave, era espontáneo, era natural, daban ganas de besar a quien lo escribió . . . porque halagaba, no ofendía como “LAS ESTUDIANTES VICIOSAS X X X” que exhibían en un teatro cerca al colegio.

Me sorprendí sonriendo frente al espejo al remembrar todo aquello.

Y de todo eso, lo que jamás olvidaré, fue lo triste que se sintió la profesora, contándonos de su primera vez y de lo arrepentida que estaba de la forma en que ocurrió, porque en sus manos estuvo que todo saliera bien, y no hizo nada por evitarlo o cambiarlo.

- Recuerden niñas, el mundo es hermoso, pero a la vez perverso, no teman lo que sientan o deseen. No les digo que no lo hagan, sino que lo hagan bien, tienen todas las armas y el criterio para elegir... sólo ustedes deciden sobre ustedes, pues sólo ustedes podrán gozarlo.

En unos pocos segundos, pasaron frente a mí, en el espejo, como en una pantalla de cine, las ilustraciones de los libros, los millones de letras, los afiches de películas, las conversaciones con mis amigas en los baños, los programas saturados de sexo en la televisión, los sermones del domingo acerca de la moral, los escándalos de las abuelas, el poema de la profesora, sus palabras, mis ideas, mi cuerpo, mi futuro . . .

. . . y ví a mi novio diciéndome en la discoteca, que la única forma de demostrarle que lo amo, es acostándome con él y entregarle mi himen en bandeja de plata.

Un golpe fuerte en la puerta me despierta.

- ¿Vas a salir o no?

- Ya voy, querido . . .

La verdad es que tampoco tenía muchas ganas. Ahora estoy escribiendo esto y pensando en lo que realmente quiero y en cómo deseo que ocurran las cosas. Algún día será . . .

¿Mi novio? . . . bueno, mi novio, perdón, ex novio, no desperdició la plata que pagó por la habitación. Se quedó viendo una película pornográfica y . . . ustedes ya saben qué más . . .

Yo llamé un taxi.

K-LI-K / OCTUBRE DE 1996

viernes, 22 de enero de 2010

Uno más...

SHIT HAPPENS

- ¡Todos a sus puestos! ¡Es una emergencia! – decía el Comandante por el intercomunicador.

- ¡Maldita sea! – dije al recordar que había perdido mi chaleco antibalas en el último combate.

- ¿Qué ocurre? – me preguntó Rojas, mi compañero.

- Nada. . . sólo que recordé que perdí mi chaleco antibalas el otro día. Me lo robaron cuando me lo quité para brindar los primeros auxilios a un joven – le expliqué.

- Tranquilo viejo, yo le presto el mío. No lo voy a necesitar, pues estaré al volante del camión y la cabina es muy segura. ¡Ah!, sólo hay un problema. . . es que un ojal del chaleco, que queda casi en la mitad del costado, está roto.

- No importa – le dije – hay una posibilidad en un millón de que una bala entre justo por ahí.

- No sé viejo . . . no sé

Lo atrapé al vuelo, justo cuando se abría la puerta del enorme camión antimotines. La voz del Comandante rugió nuevamente invitándonos a entrar.

- ¡Todos a sus puestos!

- Vamos – una palmada en la espalda a Rojas a la vez que me ponía el chaleco – nos espera el deber.

Cuando nos acercábamos al motín, sentí como una oleada de viento helado en mi interior. . . era algo que nunca antes había sentido. . . era miedo.

Unos trescientos o más universitarios se agolpaban frente al edificio, tirando piedras y proclamando consignas en contra del gobierno. Odiaba esa parte del trabajo. . . los estudiantes tenían razón. . . pero, ¿qué podría yo hacer si de esto vivía?

Al vernos, los jóvenes se lanzaron contra nosotros. Fue en ese momento cuando vía el reflejo plateado en medio de tanta confusión. . .

Otra oleada de viento helado me atravesó. . . otra vez sentí miedo.

- ¡Atrás! ¡Atrás! – grité a los manifestantes.

- ¡Porquerías! ¡soldados maricas! ¡Vendidos! ¡Horda de burócratas! ¡Títeres! – vociferó uno de esos muchachos. Estaba iracundo. . . vomitaba todo el odio contra nosotros.

En fracción de segundos volví a ver el reflejo plateado. . . ahora en su mano.

- ¡Mueran hijueputas!

Alcancé a voltearme y protegerme con el escudo en el instante del disparo suyo y otros cinco más que derribaron al protestante unos metros atrás. . . sin vida.

La respuesta a sus peticiones.

Como pude, me acerqué al camión nuestro y entrando, me acomodé junto a Rojas.

- Hola Rojas

- ¡Qué hubo hermano! . . . arrecha la joda ¿no?

- Pues sí. . . dieron de baja a un estudiante que disparó contra nosotros.

- ¿Cómo? . . . ¿hirió a alguien?

- Creo que no. ... . a nadie más.

- ¿Cómo que a nadie más?

- Pues verá manito, ¿recuerda cuando le dije que había una posibilidad en un millón de que una bala entrara por el ojal roto?

- Sí.

- Pues esta vez sí acertó esa posibilidad – le dije con voz entrecortada mostrando la mano que sujetaba mi costado anegado en sangre – esta vez sí acertó manito . . .

K-LI-K / ENERO DE 1990

sábado, 16 de enero de 2010

El Cuarto... el primer corazón roto...

NOVENTA DÍAS

Esa tarde, el aire me sabía a bolero viejo. La sala donde mi madrina me recibió, parecía anclada en los años cuarenta. Desde hacía unos meses, mis visitas semanales a tomar chocolate le levantaban el ánimo, y en cierta forma, a mí también. Esta vez compartía la compañía con dos amigas suyas que estaban de paso por la ciudad; al principio dudé si irme, pero ante la mirada iluminada por verme de mi madrina, decidí quedarme . . . y sólo pensar, mientras las tres mujeres, hablando incesantemente, me iban dejando poco a poco aislado . . . sumido en mis recuerdos . . .

La sala se estaba llenando lentamente de las notas arrastradas y acogedoras de Agustín Lara, del olor a chocolate Gironés con queso campesino, de comentarios repisados, confirmados, estrujados, divertidos. . . y en mi paladar, mis recuerdos y la tarde entera, me sabían todavía a bolero viejo. Cerré los ojos. . . me ardían levemente, como si tuviese sal en ellos. . . me dije a mí mismo que no eran lágrimas.

Al abrirlos, estaba nuevamente en mi apartamento de estudiante. Hacía mucho frío, demasiado. Acurrucado en un rincón, insomne, veía el techo alejarse en espiral. . . no sentía mi cuerpo. . . esa tristeza, tan profunda, tan lacerante, tan densa, tan fundida con mi derredor, me estaba matando. . .

- Andresito, mijo, ¿no te gustó el chocolatico? – en la dulce voz de mi madrina, recuperé el hilo de un pasillo colombiano, que alcancé a escuchar por ellas, en su infinita conversación, lo interpretaba mi abuelo.

No pasaron unos minutos, cuando navegando en un lamento de Los Visconti, me vi corriendo otra vez por ese apartamento. Pero ya no hacía frío. . . estaba contento, jugaba. . . con ella. La alcanzaba en la habitación, y luchando sobre la cama, terminábamos en un beso tierno, eterno.

La amaba. . . ¡Dios mío, cómo la amaba! . . . ella reía con mis chistes flojos y me enloquecía cuando ponía una y otra vez, una canción de Miguel Bosé que le encantaba. La pasábamos tan bien paseando por la calle principal, burlándonos de los demás, soñando despiertos con nombres para bebés y abrazándonos muy fuerte cuando soplaba un viento helado. . .

- ¿Helado? – Interrumpió una de las amigas – Mariíta, tu ahijado quiere helado en lugar de chocolate.

Pero antes de protestar, una copa con helado de fresa, mi favorito, me saludaba en la bandejita de plata, regalo de bodas de mi madrina.

Me mecí al compás del delicioso postre y un bambuco de José A. Morales en la boca. . . como en aquella tarde agónica en que, a través de un anónimo teléfono, ella me dijo que lo amaba, que me había usado como a un pañuelo desechable, que nunca había sentido nada por mí, que ya no me necesitaba más, que era un iluso, un idiota, un. . .

Seguí meciéndome cual niño autista, con el teléfono en la mano, la línea muerta, las fotos . . . cientos de ellas que le tomé cuando estuvimos juntos, todas dispersas a mi alrededor, encerrándome, quemándome, asesinando lo que quedaba de mí . . . pues me había dado tanto a ella, mi alma, mi corazón, mis sueños, mi esperanza . . . todo . . . sin reserva. Me quedé vacío, allí, sentado, hacia adelante y hacia atrás por horas sin una sola expresión en mi rostro. . .

Cuando finalmente pude gritar, como un diluvio vino el llanto. . . el dolor en todo su esplendor, teñido de rojo. Lloré por días, sin comer, sin dormir. . . sin vivir.

Dios mío. . . cómo la amaba.

La ruidosa despedida de las amigas me trajo de vuelta. Al rato le di un beso y un abrazo de oso a mi madrina, y salí a la calle. Ya era de noche. En una tienda cercana sonaba un Alci Acosta tan patético como tal vez me vería yo.

Decidí caminar por el parque. Pensaba en el derruido cine donde vimos aquella película. Nunca olvidaré lo que en ella, un indio condenado a muerte, le decía al guardián que horas después lo ejecutaría. El indio le preguntaba, que si él creía, que si en el momento inminente y justo de su muerte, lograba arrepentirse sinceramente de todo lo malo que había hecho, Dios le dejaría quedarse eternamente, en el instante más feliz de su vida. . . y que ése sería su cielo.

La mañana en que desperté junto a ella, esa primera mañana, cuando la sentí a mi lado, cuando la ví sonriendo en un sueño tranquilo, acunada en mis brazos, segura, hermosa. . . mía. . . fue el instante más feliz de mi vida. Mi cielo.

La noche aún me sabía a bolero viejo, pero comencé a paladearla como un tango triste y moribundo. El aire, la noche, la luna, la gente, mi dolor. . . de repente me supieron a otoño. Comencé a correr y las lágrimas se mezclaron con el sudor en mi rostro. Corrí hasta caer exhausto, pero en mi lengua todavía aullaba ese tango, y las hojas del otoño en mi alma me asfixiaban.

Alcé la vista al cielo, justo cuando pasaba una estrella fugaz. Traté de sonreír, porque mi abuelo me decía que había que sonreír cuando pasaba una estrella fugaz. . . y pedirle un deseo.

El frío, el dolor, los juegos, los besos, los chistes flojos, la canción repetida, el teléfono muerto, las fotos, las lágrimas. . . mi cielo. Sí, mi cielo. Era mío, nadie, ni ella, ni él, me lo podrían quitar jamás. Siempre me estará esperando.

Me levanté, limpié el polvo de la ropa, sequé mi rostro. . . sonreí. Deseaba degustar algo de rock n´roll.

La gente me miraba extrañada, como a un loco, pero no me importaba. Ya estaba bien.

En mis papilas, en mis pupilas, en mi piel, en mi mente, en mi alma, en mi corazón revivido, la noche me sabía diferente. . . como a una alegre y clásica canción de los Rolling Stones.

K-LI-K / AGOSTO DE 2000

viernes, 15 de enero de 2010

El Tercero... fue para un gran amigo... Alex, el calvo...

PINTOR TOILETTE

Mientras divagaba en las complejas estructuras psicológicas de los mensajes subliminales en las caricaturas que acostumbraba ver los sábados en la mañana, y mientras el jetón blanco de cerámica que recibía el sentado peso de su cuerpo a la vez que devoraba pacientemente los depósitos sólidos residuales de su digestión, Alexander Gómez. . . esperaba.

Y estaba esperando bastante, pues el guiso de fríjoles con garra que su amorosa madre preparó para el almuerzo, estuvo muy bueno. Pero como Alexander era demasiado activo, le impacientaba el hecho del tiempo que tendría que estar ahí sentado. . . esperando que terminara aquello.

Entonces tuvo una idea a la vez que se quedó mirando fijamente el cuadrado, reluciente y sobre todo, blanco azulejo frente a él. Observó detenidamente su dedo índice, llamado por él mismo: “peter” (como solía hacer con cada parte de su cuerpo, de tal manera que así nunca se sentiría solo, pues tendría siempre a toda una multitud consigo). En fin, como decía, observó a “peter”, concentrándose en el virgen azulejo, comenzó a. . . dibujar. . .

Las líneas, formas y colores estaban ahí, aún cuando en ese preciso instante, alguien entrara impertinentemente y lo viese sentado con los pantalones desparramados en el piso, pintando con el dedo en un azulejo blanco, y por supuesto, pensara que estaba loco.

Pero el azulejo le quedó pequeño. Alexander quería expresar más, así que empezó a invadir con sus dibujos a los azulejos vecinos, y en poco tiempo, toda la pared, o mejor dicho, hasta donde le alcanzó el brazo, quedó llena. Y la pared, sonriendo, agradeció la vida que con su arte pictórico-imaginario, Alexander le dio.

Sin embargo la pared, en medio de su nuevo y magro entendimiento, comprendió algo cuando vio a Alexander tomar un trozo de papel higiénico; y temiendo la inevitablemente pronta separación. . . se desesperó. . .

Alexander casi de pie, con el papel higiénico en la mano y los pantalones besando el suelo, sólo podía estar estupefacto y babeando cuando en un gran estremecimiento, nada que ver con los intestinales, los azulejos blancos se despegaron y juntándose, formaron una inmensa boca. . .

La madre de Alexander Gómez lavaba la olla de los fríjoles cuando escuchó un corto pero sonoro eructo proveniente del segundo piso.

Segundo piso donde estaba ubicado el baño, en donde hace sólo un momento, de donde ahora brota un manantial de la tubería arrancada, existía un moderno y aséptico inodoro “MANCESA”.

K-LI-K / JUNIO DE 1998

miércoles, 13 de enero de 2010

El segundo... también hace rato...

SIN TITULO

Detuvo su camioneta a la orilla del camino, junto a los cuerpos mutilados e inertes. Por un momento estuvo sentado apoyado en el volante pensando en lo que estaba observando ante él; entonces tomó su equipo, se apeó del vehículo y se dirigió a “la escena del funesto”, como solía llamarla.

El espectáculo era muy normal para lo que se había acostumbrado a ver en los ya seis años que llevaba en su empleo . . . sin embargo, aún no lograba evitar la leve náusea que sentía en cada ocasión.

Contó los cuerpos dos veces, para evitar equívocos como el del año pasado, cuando luego de registrarlos y hacer las anotaciones del caso, cayó un cuerpo del árbol junto a él, entonces tuvo que rescribir el jodido informe . . . ¡y qué mamera!

- Cinco. . . – murmuró para sí – tres completos, uno sin cabeza y uno sin extremidades inferiores...

Su bolígrafo se movía rápidamente sobre el formato en su tableta mientras pensaba en dónde cenaría esa noche. Terminó el reporte y arrastrando los pies, se dirigió a la camioneta por las bolsas de polietileno. Cuando cerraba la puerta trasera se percató de las marcas de la frenada que apuntaba hacia los occisos. Corrió el vehículo para dejar más al descubierto la evidencia del arrollamiento, y tomo las medidas que después transcribió al formato. Todo era protocolo.

Uno a uno fue empacando tanto los cadáveres completos como los otros con sus respectivas partes separadas, que halló unos metros más adelante, y uno a uno los depositó en la camioneta. Conducía mientras redactaba mentalmente su carta de renuncia, cuando vio el letrero que indicaba los ocho kilómetros que faltaban para llegar al pueblo. La verdad, ya estaba cansado de su trabajo y concluyó que seis años recogiendo los restos de las ardillas, zorrillos, ñeques, faras, perros, chuchafrías, conejos, gatos, curíes, serpientes y hasta ciervos que se atravesaban en la autopista principal . . . ¡pues hombre! Ya eran suficientes.

K-LI-K / ABRIL DE 1998

Los primeros pasos... Uno

EL MIMO

- ¡Parece que cogieron a un ladrón! – Murmuraba una señora.

- No – dijo otro – ¡como que se tiró un man de ese edificio!

- Seguro que es una batida de los tombos – apuntó un vendedor ambulante – ¡esos hijueputas!

- A lo mejor fue un accidente – me dijo mi compañero – vamos a chismosear.

Lo seguí un poco receloso, pues no me gusta ni me interesa recrear mi vista con tragedias ajenas; suficiente tengo con las mías. Pero a medida que nos íbamos acercando, y el tumulto que veía a una cuadra se hacía cada vez más nítido, pude observar la cara pintada de blanco con esa expresión de angustia, preocupación y sobre todo desconcierto, que realmente me sobrecogió.

Me adelanté un poco más al cordón humano de curiosos, entonces vi a los dos agentes de policía, la patrulla. . . y las manos esposadas del mimo.

Nadie decía nada en el grupo que rodeaba aquella escena. Todos estaban estupefactos. De repente mi mirada vaga se posó en un bulto. Al poner más atención, dilucidé un cadáver sin cubrir. . . y en él, como dibujada, una carcajada.

Caí en cuenta mientras oía a los agentes recitarle sus derechos al mimo. Lo esperaba una celda en el DAS mientras se tramitaban los cargos por homicidio involuntario. . .

. . . había matado de la risa a un descuidado transeúnte.

K-LI-K / MAYO DE 1991