jueves, 1 de agosto de 2013

Amarillo

Siempre sentí que su nombre era de flor, aunque escruté incansable e infructuosamente todos los libros de botánica y catálogos de floricultura que pude consultar... sin hallar respuesta a mi disyuntiva nominal.

"Es por las dalias mijo...", recuerdo que mi tía me decía, "...por eso le suena a flor", mientras seguía regando el pequeño jardín del patio trasero en la gran casa matriarcal.

Entonces recurrí al siempre fiel álbum de laminitas (unas que salían en chocolatinas), del que calqué en papel mantequilla y coloreé con crayón, la fotografía descrita como "...una hierba con raíces como fibras de donde brotan tallos con hojas ralas como de albahaca, aserradas, casi siempre en grupos de tres, en cuyos extremos denotan flores grandes contenidas en cálices escariosos, de centro rojo con manchas amarillas..."

De eso ya han pasado cuarenta y un años desde que me encontré con esa sonrisa de guasón, tan roja como una copa de dubonet y tan jugosa como una sandía... que siempre recuerdo así, a pesar que jamás llegué a probar o morder sus labios... también esos ojos altivos y a la vez tan tranquilos, tras unos lentes estilo Woody Allen... y ese cuerpo tan fresco, elástico, enfundado en un vestido estampado en margaritas... que quizás fue la razón de que asociara su nombre con una flor...

En un principio pensaba que me había enamorado, pero luego supe que simplemente la quise desde el primer instante, pero con un amor diferente, que nunca tuvo algo que ver con el romanticismo que la literatura, el cine, la pintura, la escultura, en fin, la sociedad en todas sus manifestaciones, nos vendía por doquier.

Era un amor cómplice... de esos que siempre están ahí, a pesar del tiempo y la distancia, que no se ilusiona ni espera finales felices, solo está disponible para consolar y refrescar en un abrazo, una palabra, una caricia, una sonrisa o la nalgada de un chiste flojo...

Por mi vida pasaron muchas mujeres, no lo niego ni me vanaglorio de eso, pero lo saco a colación porque gracias a ellas pude valorar el último amor de mujer que atracó en mi puerto, que me acompañó hasta el último de sus días y me amó hasta con el último de sus suspiros... siempre quise irme primero, pero por ese deseo, tuve que aprender a sobrellevar su partida y a comprender para mí, aquellos versos de Neruda que le dedicaba para prepararla, convencido que viajaría antes que ella. Pero rememorar esa etapa de mi existencia, hace parte de otra historia, otro cuento que contaré en otras alas de mariposa que recojo del camino.

Ahora estoy aquí, regando mi pequeño jardín de dalias, completamente solo, pero acompañado a cada instante por tantos recuerdos, que las personas que pasan por la calle, comentan entre sí acerca de las voces alegres y las largas tertulias, a través de toda la casa, como si esta fuese tan grande, tan transparente y tan llena, como aquel olvidado soneto que habla de la ausencia como una dulce compañía.

Y de entre esos recuerdos vivos, los atardeceres los comparto con su nombre de flor, bebiendo un par de tragos de vodka y recorriendo una y otra vez el mundo, en sus incontables viajes que me narró en cientos de cartas que duermen en el fondo de un baúl de arce y que no necesito leer, porque hace años que se quedaron grabadas entre sonrisa y sonrisa, mientras el suave rocío de la naciente noche, me trae de nuevo las palabras de mi tía en la gran casa matriarcal...

..."es por las dalias mijo, por eso le suena a flor"

1 comentario:

Lorena Uribe dijo...

Lo leería una y otra vez, en una tarde de lluvia de esa delgadita bebiendo un té de frutos rojos... Lo amé!